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EL MOVIMIENTO SE DEMUESTRA ANDANDO

 

 

¿Qué nos mueve a movernos?, ¿por qué nos movilizamos (con lo que suele costarnos el movimiento)?  

En estos últimos días, con el apellido Quince de Mayo, y de nombre Movimiento, los medios ( ¿de comunicación? ) hablan por doquier de lo que dicen que expresan en sus quejas quienes se manifiestan bajo esa denominación: desencanto. Desencanto en forma de una indignación colectiva encabezada mayoritariamente por jóvenes “sin futuro”. Jóvenes, y no tanto, que deciden echarse a la calle para expresar lo insoportable de un sentimiento de mal-estar. Malestar personal, y por lo tanto también social. 

En sus  reivindicaciones escuchamos los motivos tan grande descontento: enfado y decepción ( suelen ir juntos, aunque no siempre son conscientes ) con los modelos económicos impuestos que los perjudican y con la falta de ética, por decirlo de una manera suave, de la clase política que consideran no los representa. Ni los representa, ni los respeta, y por consiguiente apenas los reconoce. Bueno, hasta que se han hecho de notar… ¡y vaya de qué forma tan sonada!

El desencadenante ha sido la falta de trabajo ( habitualmente es necesaria la presencia de algún elemento  un catalizador para producir determinadas reacciones ) . Un desempleo masivo, particularmente cebado con la población juvenil, que les lleva a situaciones de profunda indefensión ¿Es de extrañar, entonces, que, acusando directamente a los poderes políticos y económicos de limitar o mermar sus libertades conduciéndoles a una ruina personal, les exijan un cambio de rumbo? 

 

 

Evidentemente, en la expresión más técnica del término, se trata sin lugar a dudas de un movimiento social, es decir de una agrupación de individuos cuya finalidad última es el cambio social. Por tanto, los movimientos sociales, cívicos, son potencialmente importantes herramientas para provocar la ( a menudo deseable ) transformación de las estructuras sociales.

De manera similar a lo que ocurre con el dolor ( del cuerpo o de la mente; tradicionalmente van de la mano, y a eso se le denomina interrelación ) las personas no acostumbran (lamentablemente ) a acordarse de Santa Bárbara hasta que no truena ( y en no pocas ocasiones, además, hasta que el ruido no llega a ser casi ensordecedor ) Es decir, que muchas veces “caemos” en la enfermedad por no haber actuado con prudencia, por no considerar antes los síntomas que la anunciaban. Por no haber caído en la cuenta de lo que el síntoma-señal trataba de comunicar-nos.

 Que la enfermedad no se produce así como así. Que la enfermedad es el producto efecto de un trabajo previo; de un trabajo peculiar, si se quiere, pero de un trabajo al fin y al cabo.  De ahí que digamos que la salud es otro trabajo: un trabajo de construcción. Un manos a la obra que parte de la situación de de-caí-miento del sujeto dolido físico-anímico-socialmente con el propósito de elaborar algo nuevo: precisamente ese estado llamado salud. Y es que no de cualquier forma vamos a sentirnos bien. No, la salud no es lo contario a la enfermedad, como tampoco el síntoma lo es de enfermedad. La enfermedad se produce por un conflicto psíquico, de manera análoga a cómo las turbulencias sociales son la punta del iceberg, en forma de  estallido o revuelta así o asá, de una situación inaguantable contenida. “Todo síntoma posee un sentido y éste se halla estrechamente enlazado a la vida psíquica del sujeto”, planteaba con su sabiduría el maestro Freud.

 

 

El trabajo es un derecho, sí. Además, forma parte de los pilares de la salud tanto del individuo como de las sociedades. También es una virtud. Y es que el trabajo tiene la gracia del cambio. Ese es su poder: el poder de la trasformación, y sin transformación no hay cambio. Pero sería erróneo pensar que en la sociedad actual, la sociedad que a día de hoy hemos creado o heredado, el trabajo nos vendrá dado. El poeta cubano José Martí decía que la “felicidad” la hallaremos en el camino del trabajo. ¡Como para no trabajar entonces para que haya trabajo para todos! Sí, el trabajo no es esa palabra peyorativa  de la que muchos de quejan; de hecho, la queja de verdad viene cuando no lo tienen o lo han perdido. El Trabajo junto al Amor son los dos medidores por excelencia del grado de Salud de los individuos , y por ende de las sociedades, de la Sociedad.

Veremos en qué queda la movida de este (teórico) movimiento. Sabemos que el movimiento se demuestra andando. Que no toda queja implica una acción. Que muchas veces el paciente acude a terapia queriendo que le “arranquen” su dolor pero dejándole como estaba. Lo cual no es posible: por algo enfermó, y ese algo es lo que hay que trasformar; lo que hay que sustituir por otro algo, pero positivo, sin efectos perjudiciales para sí mismo.

Entonces, veremos ( o no ) , al menos tendremos la oportunidad de ver, por ejemplo, si estos jóvenes hablaban por sus bocas; si, en el caso de que esas palabras pronunciadas por el dolor salieran efectivamente de sus labios, tan justas y nobles demandas no levantan enseguida el campamento una vez que el des-encanto haya dejado de incomodar-les de esa manera tan terrible ( quiero decir, que presuponemos una situación de encanto previo ); si, después de la seducción engañosa de un parcheo de la situación en forma de cualquier disfraz demagógico que produzca un alivio momentáneo, no terminan por irse  sus casas – o a las casas de papá y mamá - a seguir “como si tal cosa”; si, tras la tentación de recibir un más que probable puñado de dólares con sabor a caramelo de fresa y palmaditas falso-paternales, no vuelven a lo suyo ( a lo de antes, donde quiera que estuvieran ), y a otra cosa mariposa… Confiemos en que esta vez será (algo) diferente. Votemos a nuestra juventud. Ellos son la fuente principal de la que emana la esperanza. Y ésta es lo último que debe perderse, si no queremos perder la vida perdiendo-nos en la vida... de Otros.

 

A modo de reflexión, porque la cosa es para hacernos pensar, les dejo con algunos párrafos extraídos de diferentes capítulos de mi libro “Hay otra manera de vivir”, cuyo subtítulo “ El bienestar como decisión” es un ensayo  que pretende tocar las resistencias al cambio tratando de acercarnos al concepto de salud como ética. Responsabilidad y ética  como esa posición siempre particular de cada sujeto con respecto a lo que ocurre o deja de ocurrir en ¿su? vida. 

La analogía hecha con el sujeto social, por parte de algunos miembros de la sociedad, convulsionados por su frustración, comparando su demanda con la propia de atención clínica del paciente, en el instante en que el cuerpo ( y la psique o alma  ) de ambos cruje de la misma manera por el mal-trato recibido, merece el esfuerzo de un poco de tiempo para meditar. 

 

“En un momento en el que ha calado en el tejido social el mensaje de que todo es posible, incluso posible de cualquier manera, conseguir la felicidad parece mucho más accesible. Sin embargo, contrasta observar que cada vez hay más infelicidad. Basta echar un vistazo a las estadísticas de los trastornos afectivos o a la venta de psicofármacos en los países industrializados para comprobar su incremento. Cifras que ponen de relieve que el estado anímico de la población en general no goza, precisamente, de buena salud. 

El adelanto, por consiguiente, no lleva necesariamente al desarrollo. Más bien, en este sentido, parecen ir de la mano sociedad del bienestar con malestar social. Es decir, a mayor progreso, mayor número también de desórdenes emocionales en la comunidad. Cuanto más avanza la sociedad, peor salud emocional de sus miembros. En definitiva, que la calidad de vida esperada, de las promesas de esa “sociedad del bienestar”, en este sentido, no se han traducido en vida de calidad.” (Apertura)

 

“El conocimiento sobre el funcionamiento de nuestra mente debería conducirnos a mejorar nuestra existencia; a marcar los criterios para que calidad de vida y vida de calidad no se lleven tan mal. Ciertamente, no siempre sucede de este modo. Sabemos que también existen otros intereses que no buscan precisamente el desarrollo y esa vida de calidad del hombre. Discursos demagógicos provenientes de distintos sectores que se jactan hipócritamente de ayudar a conseguir o mantener el bienestar del ser humano; ciertas políticas del Estado de Providencia o Estado del Bienestar que distan mucho de ser previsoras, preventivas y protectoras. Políticas que en vez de promulgar una auténtica educación de la ciudadanía basada en trasmitir y fomentar una serie de valores, se dedican a otros menesteres. Valores que tendrían por objetivo potenciar los “recursos” de las personas, estimulando su consciencia para crecer y desarrollarse como seres responsables; seres autónomos y a la vez comprometidos, donde el respeto al resto de sus congéneres fuesen la insignia principal de cualquier bandera.

 De modo que ya podemos identificar los dos frentes principales de oposición al cambio: lo personal-familiar, como ideología inconsciente, poco amiga de las trasformaciones; y lo institucional, que no va en la línea de fomentar una educación para liberarse de esas trabas.”(…)

“Este ensayo, además de estar marcado por ese carácter de divulgación propio de los temas de ciencia que se refieren a cuestiones relacionadas con el ámbito de la salud, sustenta también el deseo de incitar al lector a la reflexión. A reflexionar sobre la vida humana en general y sobre la suya en particular. A recapacitar sobre los impedimentos internos y externos que alejan a los individuos de una vida más gratificante. Una vida probablemente mermada por inconvenientes que operan desde distintos ámbitos, coartando la capacidad de cada cual para poder desarrollarse como personas maduras e implicadas con el marco social. Obstáculos, en definitiva, que frenan el crecimiento como humanos, entorpeciendo con sus trabas el fluir de los acontecimientos vitales; haciendo que lo suave de la evolución de las personas ocurra con la violencia de un plus innecesario de dolor” (Introducción)

 

“Etimológicamente, Responsabilidad, viene del latín, Responderé que significa " estar obligado". Imperativo, que exige obrar, comportase, según una serie de normas. Así como también reparar el daño en el caso de que éste se produzca. En sus fundamentos, la responsabilidad moral está unida a los conceptos sobre el bien y el mal, conforme a los cuales se juzgan las acciones que llevan a cabo los hombres. Y, puesto que la responsabilidad implica recapacitar sobre la acción u omisión del hecho o actuación, considerando sus causas y efectos, el tic de la cuestión está en ese detenerse a reconsiderar. ”

 

“La libertad es un compromiso. El fruto de un trabajo que comienza con un desprendimiento doble: primero, la desconexión de los fantasmas de su pasado; después, la emancipación de los embrujos de la ideología. Luego, sí estaremos en condiciones hablar de grados de libertad, en tanto en cuanto ya dejo de actuar como un títere movido por los hilos de mis procesos inconscientes y las comeduras de coco de “los poderosos”. Es decir como un fantoche al que su propia sombra le hace creer en una autonomía ficticia. En resumidas cuentas: no puede haber independencia si antes no se elabora la fascinación a seguir bajo el calorcito de esas faldas, pero además pasmosamente boquiabierto frente los caprichos de la ideología. Teniendo en cuenta que, en los tiempos modernos, el discurso ideológico adopta formas muy sibilinas, llegándose a disfrazar incluso de la verdad de La Ciencia. (Epílogo)

 

 

 

Y finalmente dos enlaces que contienen trabajos sobre el texto:

“Pan y circo” :  HYPERLINK "http://www.psicoanalisispalma.com/articuloampliado.php?id=34"

“¡Por tu culpa!”:  HYPERLINK "http://www.psicoanalisispalma.com/articuloampliado.php?id=26"

 

    

 

 

José García, psicoanalista

 


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com