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"En formación"

EL PODER DE DECIDIR

Son muchas circunstancias las que me llevan en esta ocasión a plantear el tema del valor de decidir. Hay temas recurrentes, desde lo social con la crisis, a lo filosófico y existencial del ser y los límites de la libertad, pasando por lo clínico con conceptos como resistencia al tratamiento, e incluso la enfermedad y la cura, donde de forma indirecta se apunta al individuo, su responsabilidad y la posibilidad de elegir su destino. 

Es terrible que todavía se repitan viñetas en la consulta de cualquier especialista en la salud frases como “Decida usted, doctor”, “Usted es el médico, estoy en sus manos”, y actos de tremenda trascendencia como la firma con los ojos cerrados de un consentimiento informado. Sin pretender con estos ejemplos mostrar una ideología que menosprecie las buenas intenciones del que sabe y critique la ignorancia del que confía, detrás de estas y muchas otras escenas cotidianas reposa una cuestión eterna de cualquier sujeto: la duda y el horror al cambio. 

 

De ahí que el psicoanálisis plantee que la neurosis -término, que aunque en la literatura médica actual haya caído en desuso, tiene su actualidad en muchos trastornos psicosomáticos, trastornos de personalidad o adicciones-sea una pregunta, para la cual el Sujeto se confronta a la Verdad -la respuesta-como un Síntoma.

El enfermo plantea una pregunta acerca de su padecimiento para, a través de la enfermedad, mantener oculta la respuesta. De ahí que en el estudio de los momentos de iniciarse o reaparecer la patología no se pueda hallar un correlato causal, pero que casualmente implica un retraso e incluso la imposibilidad de realizar un trabajo, mantener un compromiso, o progresar en algún aspecto de la vida. 

Y es así, en las cuestiones vitales de cada uno, aquellas que de alguna forma nos nombran, nos convocan, nos llevan a la acción en relación a quienes nos rodean, a saber, el trabajo y el amor, cuando vienen formuladas sin el amparo de una ideología que la sostenga (bien porque ésta es contradictoria con nuestra moral o la sintamos impuesta, bien por carecer de lo que comúnmente llamamos fe), adquieren una trascendencia existencial de alta carga emocional y moral, que encuentran en la enfermedad (física, mental o moral) una vía de solución transitoria. Como escribió Albert Camus en su novela La CaídaAl cabo de toda libertad hay una sentencia; por eso la libertad es una carga demasiado pesada, sobre todo cuando se tiene fiebre o penas o cuando no se ama a nadie.” 

Todos, tarde o temprano, nos sentimos como niños con dolor de tripa la mañana del examen de ciencias. Algunos hoy se arrepienten e incluso culpan a sus padres de no haberles obligado a ir a clase, pues su situación profesional de adulto se ve comprometida por una formación insuficiente. Otros, por el contrario, enfermaron de verdad y descubrieron, demasiado tarde, que no todo es el trabajo, que han dejado por el camino familia y amigos. El deseo de volver atrás en el tiempo y rectificar, hacer otra cosa, elegir otro camino, no solo es una fantasía frecuente, sino que forma parte del conjunto de deseos verdaderos de los que no somos conscientes. En una primera formulación acerca del deseo y la enfermedad mental, Freud y Breuer, desde el concepto de la ambivalencia, interpretaron la lógica del Inconsciente como una fórmula paradójica: instintos contrapuestos, de amor y odio, se mantienen en mismas condiciones de intensidad y permanencia, fijados hacia un mismo objeto, siendo el carácter de consciente e inconsciente de dichos sentimientos una cuestión individual acerca de cómo se organizan sintomáticamente entre si. 

 

Queremos, pues, y no queremos a la vez. Más bien queremos y odiamos. Un ejemplo muy representativo lo encontramos en la especial relación entre hermanos. El cambio que supone emanciparse o diferenciarse de los demás supone poner en tela de juicio la solidez de aquello que imaginamos y que llamamos identidad, que de repente se tambalea y también resulta paradójica ¿o no os reconocéis todos al mirar una foto vuestra de hace años? 

La identidad es un tema social y psicológico de máxima actualidad. Sin embargo, el Inconsciente es atemporal, y solo manifiesta su ritmo en la repetición de determinados acontecimientos, tarareando la letra de la famosa canción “…siempre se repite la misma historia”. En el síntoma aparece la oportunidad de reconocernos en lo que, siendo genuinamente nuestro, nos es ajeno, de ahí que el extrañamiento y su interrogación constituyen siempre la vía de entrada a una terapia. 

Cuándo dejaré de estar enfermo?” es ya una pregunta que, en fases intermedias de una terapia, vuelve a estructurar el padecimiento (vivido como eterno, atemporal a nivel inconsciente) en una dimensión del aquí y ahora, cuerpo a cuerpo, con el terapeuta. 

Cuando dejes de estar enfermo” es la respuesta, tautológica, obvia hasta el absurdo, del terapeuta. Pues si coincidimos en que hay una gran diferencia entre síntoma y enfermedad, el psicoanálisis propone a cada individuo que aprenda a arreglárselas con sus síntomas para dejar de estar enfermo. No es cuestión de tiempo ni paciencia, tampoco de voluntad. Dejar de estar enfermo “es una decisión”. No es ni fácil ni difícil, ni se enseña, es un trabajo, y por tanto un compromiso, no solo individual sino social. Es un cambio, un paso más. 

 

Artículo publicado en la Sección de Salud  del Nº 9 (mayo-junio 2013)  de la revista científico cultural ENKI: http://www.revistaenki.com/.

 

 

Javier A. Kuhalainen Munar. Médico Psiquiatra. Responsable y articulista habitual de la Sección de Salud  de la Revista científico cultural ENKI. Ha cursado el "Seminario de Formación en Psicoanálisis" de 3 años de duración (Temporada 2010-2013 / 1ª Promoción).


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com