iniciopsicoanalisisarticulosenseñanzadepartamentosnoticiascontacto datos personales

Seminario de Formación / Cursos

Actividades / Noticias

"En formación"

Dos mujeres

(Una historia de Amor)

El reloj de la plaza dio las dos de la tarde. En aquel momento, María llegaba a su casa para el almuerzo; procuraba ser puntual y llegar a la hora, a su madre le gustaba echar su siesta mientras entre cabezadita y cabezadita miraba las noticias televisivas.

María era hija única; su padre, marino mercante de profesión, las había abandonado a ella y a su madre, cuando María apenas contaba diez años; una edad en la que los niños empiezan a preguntar el porqué de muchas cosas.

María, en sus años infantiles nunca echó de menos al padre ausente gracias a la presencia de la familia de su madre, a sus tíos y primos, con los que compartió veranos de alegría y diversión en Galicia.

Ernestina, su madre, tuvo que trabajar duro para sacar adelante a su hija. Después de muchos desvelos, María llegó a la Universidad para cursar la carrera de Farmacia; el día que María obtuvo la licenciatura fue un día feliz para la madre y la hija, sobre todo, para Ernestina: su hija había llegado adónde ella no llegó. Una hija universitaria –pensó para sí. ¡Qué alegría!

Al no tener recursos económicos propios María descartó la posibilidad de tener farmacia propia por lo que se decidió a buscar trabajo en las farmacias de su ciudad. Pronto inició su trabajo como farmacéutica sustituta. María se sentía feliz porque su tarea estaba bien remunerada y este dinero le proporcionaba una cierta independencia económica, pudiéndose ella misma sufragar sus gastos personales. Además, María se sentía feliz porque veía que su madre también era feliz.

Ernestina que antaño había sido mujer enérgica, resuelta y decidida ahora sentía que, cada vez más, precisaba de su hija para cualquier hecho o trámite que surgiera en el ámbito doméstico: solicitar cita al ambulatorio, ir al banco..etc.

María sentía en su interior que ahora no podía dejar a su madre, a aquella mujer que lo había sacrificado todo para que ella pudiera estudiar y salir adelante. La relación entre ambas devino muy estrecha, cuando María no trabajaba, salían las dos de casa cogidas del brazo, a dar un paseo, hacer algún recado y a menudo, sobre todo en verano, se las podía ver tomando un refresco de horchata en la cafetería de la zona.

A menudo, las personas que conviven en tal estrecha relación llegan a ser una la doble de la otra. Madre e hija, como dos gotas de agua: en la manera de vestir, los ademanes de las manos, las expresiones faciales. Sí, eso decían las vecinas, ¡como dos gotas de agua!.

A María le gustaba leer. Había sido una gran lectora ya desde niña, afición que había intensificado en su periodo universitario. Su madre, en la actualidad, no interrumpía la lectura de su hija aunque si bien, después de un rato, le decía a María: ¿Por qué no salimos un rato a pasear? o María, ¿porqué no me dices nada? María, al principio, reaccionaba con un sentimiento de contrariedad y su respuesta era: ¡Mamá, déjame en paz! Sin embargo, poco a poco, María fue claudicando ante el arrollo afectivo de su madre limitándose, con resignación, a asentir con la cabeza y a cerrar el libro.

La vida para ambas se desarrollaba en una dulce monotonía; es lo que hay cuando se convive en una relación simbiótica: el amansamiento de la cotidianidad.

María no se planteó el marcharse de su casa; al llegar de su trabajo, tenía ya la comida puesta, ropa limpia y todo aquello que significa la comodidad y el confort del hogar. Tenía su propia habitación con su cuarto de baño. Gracias a su trabajo, disponía de su dinero para sus propios gastos, sus libros y su música. María sentía que en aquel universo, no necesitaba nada más. Tampoco pedía más.

María sabía que su madre la necesitaba, que dependía de ella, su memoria ya le fallaba y el enlentecimiento de sus movimientos le decían a María que su madre ya era una persona mayor.

Su madre disponía de un pequeño capital en el banco y además, Ernestina, muy conservadora con el dinero hacía milagros, cada mes, con la pensión y era la propietaria del piso donde vivían.

En el piso familiar, Ernestina había colocado fotos familiares por doquier. Aquí una foto de su marido bajando del barco a la vuelta de uno de sus viajes, allá una entrañable fotografía de padre e hija pescando cangrejos en una ría de Galicia cuando fueron los tres de vacaciones.

María tenía ya decidido en su fuero interno que nunca dejaría a su madre, que no se quería ir de aquel piso. Ahora vivía ella con su madre y el día de mañana viviría ella.

La propietaria de la farmacia había fallecido un par de meses antes y mientras se decidía quien iba a ser la nueva titular, María pasó a ser la responsable de la botica lo cual afianzó aún más su posición laboral a la par que económica. Amparada en esta situación, María ya sólo iba a trabajar por las mañanas; las tardes, las dedicaba a su madre, o bien salían a pasear, o hacer algún recado. María, a veces, convencía a su madre para ir al cine o al teatro. Alguna que otra vez las dos viajaron a Madrid para asistir a algún espectáculo musical o visitar algún Museo. A María le gustaba el Arte y la Cultura, sentía que no debía privarse de ello e intentaba involucrar a su madre en dicha actividad que, al parecer, aceptaba con gusto.

Aquel invierno estaba siendo muy frío y húmedo. Ernestina apenas salía de casa, no fuera a acatarrarse y sus ya delicados pulmones se resintieran aún más de lo que ya estaban.

A mediados del mes de marzo, celebraron su 80 cumpleaños con una fiesta familiar. De los tres hermanos de Ernestina, ya sólo pudo acudir el hermano pequeño, Rafael, ya viudo; también asistieron las esposas e hijos de sus otros hermanos. Algunos vecinos fueron al domicilio familiar para testimoniar a Ernestina su cariño y afecto. Ernestina apagó las velas de su tarta de cumpleaños y al hacerlo, María observó cómo unas lágrimas se deslizaban de manera suave por aquellas mejillas aún sonrosadas.

El invierno llegó a su fin dejando paso a la primavera y permitiendo que ésta cumpliera con su cometido de alargar los días y al nacimiento de las flores.

María venía observando que su madre ya se fatigaba mucho. Muchos días no se levantaba de la cama, apenas quería comer, María trajo algunos batidos de la farmacia, con sabor a fruta, que Ernestina rechazó de plano.

Su madre ya manifestaba a menudo el deseo de marcharse, de partir. Ernestina sentía que había cumplido con su misión aquí abajo: había sacado a su hija adelante y por ello, se sentía presta para emprender el gran viaje.

María no quería ver las lágrimas que a menudo, discurrían río abajo por las mejillas de su madre, no ya tan sonrosadas, al expresarle ella sus sentimientos. Las lágrimas de su madre eran también las suyas.

Una mañana de verano, en un día radiante y claro, María entró en la habitación de su madre para llevarle el desayuno. Al momento, se percató de que Ernestina ya no respiraba y entonces constató la dura realidad: Ernestina, su madre, aquella mujer que lo dio todo por ella, había emprendido su último viaje. Después del funeral de despedida, el teléfono, de manera paulatina, fue dejando de sonar para manifestar a María el pésame y las condolencias por el fallecimiento de Ernestina.

Para María, ésta era su realidad: su madre ya no estaba ahí. Ya nunca más le diría aquello de vamos a pasear, ya nunca podría escuchar el tac-tac de sus tacones por el pasillo de la casa.

María, entonces, supo de su soledad y la pregunta que se hacía a ella misma: ¿Mamá, porque te has marchado? y la respuesta que ella misma se daba era: ¡Yo te cuidaba muy bien, mamá!

En sus reflexiones para tratar de sobrellevar aquella situación de pérdida, María se decía que si bien su madre lo había dado todo por ella, ella se lo había devuelto con lo mismo: lo había dado todo por su madre hasta el punto de que había renunciado a tener una vida propia, con un marido e hijos; se había quedado a vivir con su madre, en un piso que si bien, en un tiempo ya pretérito le pareció bonito y acogedor, ahora le resultaba frío y desangelado.

Ella y su madre habían establecido una unión simbiótica de a dos. Con el fallecimiento de su madre, esta unión se había roto –se preguntaba María- o quizás no, porque una de las dos aún seguía con vida. El recuerdo de su madre seguía vivo dentro de ella lacerando su corazón el dolor por su ausencia.

Pasaron los meses, los compañeros de trabajo de la farmacia, observaron el deterioro físico que la muerte de Ernestina estaba produciendo en María; pérdida de peso, negros surcos alrededor de los ojos, al caminar arrastraba los pies como si el hecho de hacerlo fuera algo muy doloroso y de gran esfuerzo para María. Al principio, sus compañeros pensaron que quizá podría ser una fase del llamado periodo de duelo pero constataron, al final del verano que esto no era así; además del deterioro físico, ya manifiesto, María empezó a vestir las ropas de su madre pero tal cual Ernestina las llevaba; María ni siquiera les hizo un solo arreglo, ni entrar un dobladillo, ni un cambio de botones. Ello era para María la manera de perpetuar la memoria de su madre.

Sus rasgos faciales debido a la pérdida de peso se afilaron aún más. Sus compañeros de trabajo opinaban que María era la viva representación de su madre en sus últimos meses. María no consintió que en su casa se tocara algún objeto que hubiera pertenecido a su madre. Su ropa siguió en su armario y en su mesilla de noche siguieron sus gafas de lectura y su libro de oraciones, en su cama la colcha blanca tejida en su día por la propia Ernestina.

Por extraño que pueda parecer, María se sentía viva al perpetuar la memoria de su madre como si la relación simbiótica que tuvo con aquella que ya no es, le diera la energía suficiente para enfrentar un nuevo día.

En el centro del amplio comedor, María dispuso una mesa con un tapete de ganchillo, tejido por su madre; encima, un retrato de su madre, fotografías de sus padres en el día de su boda y una de ellas dos frente al Museo del Prado en Madrid. En esta mesa, habría siempre una vela encendida al lado de la foto de su madre y flores, en primavera-verano, un ramo de hortensias de color amarillo y en invierno, rosas. Esta mesa estaba situada de tal modo que cuando María llegaba de la calle, lo primero que veía era el rostro de su madre. Sus ojos buscaban el encuentro con los ojos de Ernestina, con aquella mirada suave y dulce.

Madre, ¿porqué te has marchado y me has dejado sola?, se repetía a si misma María una y otra vez.

Dentro de par de semanas, se cumpliría el primer aniversario de la muerte de su madre. María barajaba algunas posibilidades para honrar su memoria desde hacer una Misa, ir solamente al cementerio a depositar unas flores o quizá organizar una cena con la familia de su madre que tanta deferencia le habían mostrado en aquellos últimos meses. Ya lo pensaría en los próximos días.

Decidió irse a la cama. A la mañana siguiente, debía estar temprano en la farmacia porque iban a traer un pedido muy grande y quería estar presente para su recepción.

Con movimientos mecánicos y de costumbre, María apagó la televisión, la luz y la vela que iluminaba el rostro de su madre. Durante la noche no se sabe bien que pudo pasar porque el informe del Cuerpo de Bomberos fue harto impreciso al respecto pero quizá ocurrió que la vela no se apagara del todo y una chispa prendiera primero en el marco que contenía la foto de Ernestina para, a continuación, prender en el resto de los marcos fotográficos extendiéndose el fuego, con posterioridad, al resto de la vivienda.

El personal médico que acudió al domicilio certificó que María fue víctima del humo y murió por asfixia. Su muerte fue instantánea y sin sufrimiento, destacando el semblante de paz y de serenidad en su rostro; en su regazo, una foto de su madre.

El piso quedó totalmente calcinado y destruido como si el fuego además de terminar con los elementos físicos de la vivienda, hubiera querido finiquitar cualquier rastro de las personas que allí habían vivido.

EPÍLOGO

Me llamo Gabriela y soy una compañera de trabajo de María; ahora me encuentro en la sala de espera de la Notaría porque, según me notifica el señor Notario, María me ha nombrado en su testamento.

He aprovechado el tiempo de espera para haceros llegar su historia, la que acabáis de escuchar.

A estas personas que juzgaron a María por haber decidido vivir su vida tal y como la vivió, sólo quisiera decirles que María fue libre a la hora de tomar sus propias decisiones. Sólo ella sabe porque tomó las decisiones que tomó. Y debe respetarse, siempre y por encima de todo, la libertad de las personas.

Un beso, María!!!

Por Francisca Alcover Vaquer.

* Trabajo grupal final del 2º año del "Seminario de Formación en Psicoanálisis" Del Gabinete Psicoanálisis Palma. Tema: La melancolía.

www.psicoanalisispalma.com


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com