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¿QUÉ ES LA DEPRESIÓN?

En su forma normal, la depresión que se hace presente como un estado de tristeza, inapetencia, apatía y desánimo, constituye un mecanismo elaborativo de las pérdidas. Un mecanismo destinado a que el sujeto no quede libidinalmente adherido al objeto perdido, que le permita desprenderse del mismo y continuar a su tiempo, con la dinámica de la vida. En su complejidad, el mecanismo fue denominado por Freud “duelo”. La depresión es la etapa fundamental del proceso de duelo.

La pérdida por antonomasia es el fallecimiento de un ser querido. El duelo y su etapa depresiva se constituyen en la manera, lenta y progresiva, con la que el objeto se va a acostumbrando a la pérdida, a separarse del objeto perdido, a retirarle la carga libidinal en él depositada. Cuando por alguna circunstancia el duelo no tiene lugar y la persona no hace el proceso depresivo, corre el riesgo de no separarse, de quedarse pegado a un cadáver y de, progresivamente, pérdida tras pérdida, transformarse en un transportador de cadáveres. Queda entonces sometido a que un episodio actual negativo le desencadene un síntoma depresivo, una crisis depresiva o incluso una depresión crónica.

El duelo y la consecuente depresión tienen que producirse no sólo a la muerte del ser querido, su enfermedad o la propia; el deterioro, el estado de malestar, el fracaso, el alejamiento de un ser querido también implican pérdidas que han de ser elaboradas. Suspender una asignatura, repetir curso, perder el empleo, fracasar en un proyecto, no ser reconocido meritoriamente tal como se esperaba, ser robado, perder dinero, son algunos ejemplos de pérdidas que requieren del proceso elaborativo del duelo.

En muchas situaciones determinar la causa que ha provocado el proceso depresivo del consultante puede verse dificultado. En un artículo titulado Los que fracasan cuando triunfan, Freud describe los procesos patológicos y sintomáticos en que puede caer un sujeto al ver cumplidos sus proyectos, sus sueños, sus ilusiones, sus expectativas. Por ejemplo, el estudiante que después de 20 años de vida organizada y dedicada al estudio sale de la Universidad con su diploma de licenciado bajo el brazo. Siempre pensó que ese iba a ser uno de los días más felices de su vida. Repentinamente se encuentra encerrado en su cuarto, triste, lloroso, con el agravante de que él y todos los que le rodean suponen que debiera sentirse feliz. Ha perdido el objetivo y la actividad que eran el eje de su vida. El proceso depresivo más o menos breve será el puente para cargar ahora libidinalmente nuevos objetivos como podría serlo la búsqueda de un trabajo. El mismo proceso de la pubertad, que implica la pérdida de la infancia, puede verse acompañado de manifestaciones depresivas.

La consecución de cualquier objetivo importante en la vida puede culminar en un proceso depresivo, que puede ser breve y en consecuencia normal, pero que puede constituirse en una patología paralizante y en consecuencia de un síntoma. Por ejemplo, la depresión postparto, que a veces es una auténtica locura posparto, es una manifestación habitual para el que la embarazada y su familia deberían estar preparadas, incluso para consultar y poder amortiguar sus consecuencias, las cuales pueden llegar a adquirir características paroxísticas y preocupantes.

Otro ejemplo es el de la pareja de novios que ha dedicado durante años la mayor parte de su energía libidinal a instalar su piso y preparar su boda, ambos se han forjado la ilusión de que el viaje de bodas seriá la apoteosis de su felicidad y, en cambio, muchas veces se descubren, para su propia sorpresa, frente a frente, en la habitación de un hotel, sumidos en un estado depresivo que no logran comprender.

La energía proveniente de la pulsión de vida, energía afectiva, amorosa, erótica, sexual tiende a depositarse en un objeto. Cuando el objeto desaparece, el sujeto ante la pérdida, entra en un proceso de malestar, elaborativo, que es el duelo. Se produce una caída fantasmática que lo coloca ante la cruda inexistencia del objeto a, objeto del deseo, y lo deja inerme ante su inevitable destino final. La reconstrucción de su constructo fantasmático, es decir de sus fantasías, planes y proyectos, requiere la posibilidad de depositar su energía libidinal en un nuevo objeto. Para ello debe deslibidinizarlo, debe proceder a retirar su carga afectiva del objeto perdido. Este es el proceso y el camino elaborativo del duelo. En la práctica del psicoanálisis estamos abordando la pulsión, el fantasma y el deseo, que es el motor de la vida.

El proceso del duelo puede presentar tres momentos distintos, aunque no es necesario que se den los tres. Tres momentos descritos por Freud que son la negación, la manía y, finalmente, la depresión.

El aparato psíquico, el inconsciente, cuya función es asegurar la supervivencia, tiende a proteger el cuerpo de toda intrusión del mortecino goce. Es lo que intenta mediante el mecanismo de negación en el proceso de duelo. Cuando ello ocurre se niega, se pone en duda que la repentina pérdida se haya producido realmente. Mientras tanto el sujeto, de manera inconsciente, se va preparando para asumirla poco a poco, al ritmo que su mente-cuerpo se lo permite. Al menor costo posible.
Una señora, por la mañana, abre la puerta, respondiendo a la llamada del timbre. “¿Es usted la madre de fulanita de tal?”. Si. “Siento tener que comunicarle que su hija acaba de morir en un accidente de moto a 500 metros de aquí”. La brutal noticia sin dar tiempo a la organización psicosomática a adecuarse a semejante pérdida puede golpear las vísceras sin encontrar como freno el colchón amortiguador del aparato psíquico. El corazón se rompe. La mujer cae al suelo como consecuencia del infarto y el consiguiente paro cardíaco. Sólo el mecanismo de negación puede ayudarla. La señora que ha contestado a la llamada del timbre puede responder: “No. Mire usted. Debe tratarse de un error”. “Mi hija en este momento se encuentra en el colegio”. Mientras tanto la organización psicosomática se toma tiempo para asumir a un ritmo más tolerable la funesta nueva.

Hay un conocimiento popular de esta dinámica. Pepe, el menor, ha muerto repentinamente. Mamá tiene 75 años. Los seis hermanos restantes se reúnen. Si se lo decimos a mamá, además del entierro de Pepe, corremos el riesgo de tener que enterrarla también. Uno de los hermanos asume la responsabilidad: “Dejadlo todo en mis manos. Yo me hago cargo”. “Mamá, Pepe ha tenido un accidente de tráfico. Nada importante. Fractura en una pierna, lo han ingresado para escayolarle”. “Han tenido que quitarle la escayola, la fractura no suelda”. Tendrán que ponerle un clavo y ha tenido complicaciones con la anestesia. Está en la UVI”. A los 30 días: “Mamá, ha sido terrible. Pepe ha muerto”. La organización psicosomática de esa anciana madre se ha ido preparando. Su reacción pierde dimensiones dramáticas. Es habitual que se niegue la irremediabilidad de una pérdida y se postergue asumirla, conservando la esperanza.

El segundo mecanismo posible que el duelo pone en funcionamiento es la manía. Es lo que, no muy comprensiblemente, provoca que la situación desgraciada desencadene risa. Uno llega circunspecto a un velatorio y se encuentra con que los deudos se dedican a contar chistes y festejarlos riendo.

Por último, debe acaecer lo inevitable. Sin proceso depresivo no hay elaboración del duelo. Para poder llegar a libidinizar un nuevo objeto que le permita al sujeto mantener el sentido de la vida debe retirar su energía libidinal puesta en el objeto perdido. El proceso definitivo tiene esa finalidad. Si ésta no se cumple, lo que debería ser una depresión normal, temporal, puede conducir a depresiones crónicas y conductas nostálgicas. El sujeto queda libidinalmente pegado al objeto perdido. Por ejemplo, la viuda que enseña con orgullo el despacho de su marido fallecido hace 15 años. Nada ha sido removido de su sitio, como si estuviera aguardando su regreso. O el cuarto de su hija muerta hace 10 años, con sus ropas colgadas en el armario y sus cuadernos y libros en el que fuera su escritorio.
 
Cuando el duelo no se cumple y los estados depresivos se hacen patológicos, la terapéutica psicoanalítica es la que puede conducir a la cura. La medicación antidepresiva actúa como anestésico-analgésico. Cuando desaparece su efecto es necesaria una nueva dosis. Y así indefinidamente. Generalmente se acompaña el antidepresivo con un ansiolítico y omeoprazol para proteger el aparato digestivo. El paciente se acostumbra, hay que modificar las dosis y los compuestos. Los efectos secundarios psicosomáticos transforman al depresivo en un zombi con afecciones somáticas de toda naturaleza. La medicación antidepresiva y la ansiolítica generan adicción y perturba el funcionamiento del aparato digestivo. Puede que sea recomendable en aquellas situaciones límite en las que el consultante se siente incapaz para continuar con sus actividades normales domésticas o laborales, aunque éstas puedan ser desempeñadas bajo mínimos. Hay veces que sin medicación antidepresiva el paciente no se encuentra siquiera en condiciones de concurrir a la consulta ni de hacer nada que dependa de él para mejorar su estado anímico.

DEPRESIÓN NORMAL Y CAÍDA DEL DESEO
La depresión normal no es una patología. Sin embargo, una depresión normal puede derivar en patológica.

El establecimiento de una relación importante del sujeto con el objeto requiere que éste sea investido libidinalmente, energéticamente. Estudiar, trabajar, practicar un deporte, relacionarse afectiva o amorosamente con alguien requieren ese investimento libidinal. Este vínculo se establece como consecuencia del deseo del sujeto.

Para el psicoanálisis, el deseo es el motor de la vida. Estamos vivos en cuanto deseantes. El deseo es la incómoda sensación de que algo nos falta y la ilusión de que podemos encontrarlo para sentirnos mejor, para obtener satisfacción, para sentirnos en paz con nosotros mismos.

El deseo es una especie de pantalla sobre la que proyectamos nuestras fantasías, planes, expectativas y afectos. La caída del deseo, el deterioro, la falta de proyectos, expectativas y afectos y la debilidad de esa pantalla conducen a estados de angustia y/o depresión. El sujeto se desinteresa por la vida y se entrega a la pulsión de muerte. Quiere dormir, le cuesta levantarse de la cama, no le apetece hacer nada, ni estudiar ni trabajar. Se vuelve inapetente en relación al alimento, a la sexualidad y a la relación con los otros. Dice que no tiene ilusión, que la ha perdido. Jacques Lacan en su Seminario 11 dice que: “La libido es la presencia afectiva, como tal, del deseo”. La libido es la energía erótica y sexual, es la pulsión de vida. Hay una relación entretejida entre el deseo y la palabra. El individuo deprimido no demanda. El sujeto deprimido, al poder hablar de lo que le ocurre, estimulado por el dispositivo psicoanalítico, animado por la relación transferencial que establece con el analista que se coloca en posición de semblante de objeto a, consigue entonces colocarse en condiciones de poner nuevamente en movimiento el deseo y comenzar a salir del estado depresivo en el que está sumido.
PATOLOGÍA DE LA DEPRESIÓN
La resistencia del individuo a cumplir con el proceso depresivo impide la deslibidinización del objeto. El sujeto queda adherido a un cadáver, a la pareja perdida, al hijo que se ha ido a vivir lejos, a la tierra que ha tenido que abandonar, a su cuerpo, que ha perdido las facultades de la juventud. Todo esto se manifiesta mediante estados de depresión patológicos y en muchos casos crónicos.

En la sociedad capitalista contemporánea el sujeto deprimido con su apatía, su desinterés, su inhibición y su imposibilidad transgrede las exigencias de rendimiento económico y productividad en las que se apoya el sistema.

La industria farmacológica considera que esos estados depresivos corresponden a un nivel bajo de serotonina. La serotonina es un neurotransmisor del sistema nervioso central. La consecuencia de esto es que el psiquiatra e incluso el médico generalista, asesorados por los laboratorios farmacéuticos, responden a la queja del paciente por su estado, considerado depresivo, administrándole como terapia universal, un medicamento universal cuyo componente activo es la fluoxetina, recaptador de la serotonina y cuyas denominaciones comerciales más conocidas son el Prozac y Seroxat.
 
Los estados depresivos quedan reducidos así a ser considerados un desorden químico. La consecuencia es que el medicamento puede o no puede suprimir el síntoma depresivo. Cuando lo consigue es probable que condene al sujeto a vivir toda su vida drogado, sometido a su poder adictivo y a sus minusvalidantes efectos secundarios. Lo que no conseguirá es que el sujeto cumpla el proceso depresivo que el duelo exige para que pueda desprenderse afectivamente de los objetos perdidos y quedar así en condiciones de poder libidinizar nuevos objetos.

El psiquiatra estadounidense Peter Kramer en su libro Escuchando al Prozac, se refiere a un diagnóstico en los siguientes términos: “No sé muy bien de qué se trataba, pero si el paciente respondió bien a un antidepresivo entonces era un deprimido”. Estamos, como se puede apreciar, ante una clínica que se organiza no en relación a una persona concreta que consulta por su malestar provocado por las vicisitudes de su historia individual, sino en relación a un fármaco que se administra experimentalmente de una manera generalizada a todos los pacientes, cualquiera que sea el criterio diagnóstico.

Estamos ante la clínica globalizada del consumo del fármaco, que coloca sustancias a disposición del mercado, que intenta borrar nuestra condición de sujetos individualizados, resultado de una historia familiar particular y que se propone someternos totalitariamente a la condición de usuarios y consumidores pasivos y reducirnos a una cifra en una estadística.

En 1920, Sigmund Freud, en Inhibición, Síntoma y Angustia escribe: “Si el yo es requerido por una tarea psíquica particularmente gravosa, verbigracia un duelo, una enorme sofocación de afectos o la necesidad de sofrenar fantasías sexuales que afloran de continuo, se empobrece tanto en su energía disponible que se ve obligado a limitar su gasto de manera simultánea en muchos sitios. Un instructivo ejemplo de este tipo de inhibición general intensiva, de corta duración, pude observarlo en un enfermo obsesivo que caía en una fatiga paralizante, de uno a varios días, a raíz de ocasiones que habrían debido provocarle, evidentemente, un estallido de ira. A partir de aquí ha de abrírsenos un camino que nos lleve a comprender la inhibición general de los estados depresivos…”.

En esta obra Freud explica el empobrecimiento de la energía disponible no sólo por ser requerida para la tarea de duelo, sino también por la necesidad de sofrenar fantasías sexuales o descargas de ira. Freud describe la inmensa variedad de causas que puede provocar el decaimiento del estado de ánimo, el cansancio y la fatiga paralizante, que la farmacología intenta abordar simplificada e inútilmente con la ingestión de una droga.

Por Juan Pundik
Psicoterapeuta, psicoanalista y orientador de padres
Fundador y director de la Escuela Española de Psicoterapia
Fundador y presidente de FILIUM, asociación para
la prevención y el maltrato al hijo
Fundador y presidente del Comité Ejecutivo de la Comisión Nacional del Día del Niño, cuya Presidencia de Honor ostenta SM la Reina Dª Sofía


Artículo íntregro publicado en la edición número 36 de la revista cultural ENKI. Año 2019


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com