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HAMLET

La obra de Hamlet ni siquiera fue original de Shakespeare. Para indagar acerca de su origen, hay que retroceder tiempo atrás; a ‘Les Histoires Tragiques’  del francés François Belleforest, que según los críticos debió de servir de inspiración a su vez a una versión anterior a la del Hamlet shakesperiano, llamada Ur-Hamlet escrita por Thomas Kyd. Pero esto no es todo, François Belleforest se inspiró a su vez en la leyenda nórdica Amlothi  escrita por el  autor Saxo Grammaticus allá por el año 1200. En aquellos tiempos, los argumentos pasaban de mano en mano, sin sospecha alguna de plagio, las historias más de lo mismo, los personajes entraban y salían de unos teatros para entrar en otros. Pero a veces ocurre que un talento superior logra recoger del dominio público uno de estos textos, consigue elevarlo con su escritura y su propia aportación a la categoría de mito e inmortalizarlo para siempre. Esto es lo que ocurrió con  Hamlet de la mano de Shakespeare: cogió el texto de Belleforest, lo limpió de rimbombancias, lo despojó de rasgos primitivos y elementales, le proporcionó todo aquello por lo que hoy conocemos al Hamlet shakesperiano: la plasmación de las emociones en un cuidado lenguaje, la encarnación de la melancolía, del pesimismo y de la fatalidad haciéndonos llegar el mensaje que en cada corazón humano algo hay de cada uno de los personajes que conforman el mundo hamletiano.

Shakespeare escribió Hamlet  entre 1598 y 1602. La trama argumental de Hamlet es menos compleja que otras tragedias del autor; en la sencillez de esta obra está su grandeza, su poder de comunicación; quizá sea por esto la vigencia de esta obra hoy día; sencillez, que no simplicidad en el argumento, que cuenta con toda su crudeza la situación emocional en la que se ven envueltos tanto el propio Hamlet como el resto de los personajes.>Hamlet, príncipe heredero del trono de Dinamarca, estudiante en la Universidad alemana de Wittenberg, gran centro del pensamiento europeo por aquel entonces, debe regresar a su país para asistir a las honras fúnebres por su padre, el Rey, que ha muerto asesinado a manos de su hermano Claudio, quien posteriormente se desposa con la que fuera su cuñada, la Reina Gertrudis. En una noche de luna y en las alamenas del castillo, Hamlet tiene un encuentro con la Sombra, el espectro de su padre, reclamando y exigiendo venganza a su hijo en la figura del hermano asesino y de su disoluta viuda. Hamlet acepta el mandato de su padre pero su demora en vengarle es lo que fundamenta esta tragedia. El personaje de Hamlet encarna el drama de la reflexión paralizante, de la oposición íntima entre reflexión y acción. Esta es la eterna pregunta que se hace Hamlet en relación al Rey Claudio: “¿Mato o no mato?”

El descubrimiento del crimen le lleva a sentirse en un mundo podrido, dominado por la mentira, la ambición, la perfidia y la bajeza moral. Hamlet se otorga a sí mismo la misión de un algo más que desenmascarar a los infames: tratar de restablecer un orden descompuesto en el Reino de Dinamarca, misión de gran envergadura, lo cual le lleva a pronunciar estas frases al final del Acto I:

“¡El mundo está fuera de quicio! ¡Oh, suerte maldita! ¡Que haya nacido yo para ponerlo en orden!

Esta situación desencadena en Hamlet una crisis muy profunda que le lleva a una gran melancolía; pierde toda fe en el ser humano, pierde el apego a la vida, el amor torna carente de sentido tratando con vileza y desprecio a la que hasta entonces fue su amada, la doncella Ofelia. En su horizonte vital sólo hay interrogantes angustiosos sin encontrar respuesta y de ahí baja al pozo de una sombría y profunda amargura. El personaje de Hamlet se instala en una fingida locura, recurso encaminado a facilitar el descubrimiento de la verdad inherente al Rey Claudio y a su esposa, la Reina Gertrudis.

En el Acto III, escena IV, Hamlet en conversación con su madre, así se autodefine: “…de que yo realmente no estoy loco sino loco estoy por astucia

La historia argumental actúa en sí como un gran panel de insinuantes contradicciones; las frases del joven príncipe son la palanca para mover la mentira; necesita del lenguaje para creerse su propia mentira: el fingimiento de su propia locura.

A lo largo de toda la obra es constante, la añoranza del personaje de Hamlet por una época  en la que hubo justicia y orden en la que el Rey sí gobernó y hasta hubo un hijo –destinado a ser su heredero- al que mandó al extranjero a perfeccionar sus estudios. Hamlet es el resultado de una época en la cual se debe llegar a la solución del problema –asesinato del Rey- a través de la Justicia pero en el reino corrupto de Dinamarca, esto no va a suceder.

Hamlet hablando y matando son las dos caras de la misma moneda; las dos facetas amparadas por lo que él entiende ‘un noble y justo discurso’. Hamlet, como hombre culto que es, sabe que habla muy bien y que domina el poder del lenguaje pero a la vez éste es su peor aliado; Hamlet, a menudo, pone el lenguaje al servicio de sus emociones lo que le lleva a hacer un uso burdo del lenguaje, a la ignominia del mismo, a la pura perversión de éste. Hamlet produce un mundo donde la praxis queda sometida a su propio lenguaje. Hamlet se ve dominado por las emociones, no sabe resolver sus propios dilemas y mientras declama y declama va retardando decisiones a sus dudas. Es rehén de su inactivo mundo. En una palabra, no sabe cómo matar y tampoco sabe amar. No es que no sepa cómo  hacerlo, él se halla instalado en la duda permanente de si hacerlo o no. Hamlet vive con sentimiento de culpa su indecisión y se siente agobiado constantemente por el recordatorio del fantasma de su padre.

Hamlet ataca con la palabra y de ahí su extraordinaria profusión de soliloquios, no todos tan famosos y conocidos como ‘To be or not to be’.  Como perfeccionista del lenguaje que es, Hamlet siente a veces hastío de su propia obra, del lenguaje, del puntillismo de su declamación. En el Acto II, escena 2, Polonio (el chambelán del rey) observa que Hamlet está leyendo y le pregunta: “¿Qué estáis leyendo, señor? y Hamlet le responde: “Palabras, palabras, palabras…”

El mapa emocional de Hamlet como personaje está conformado por la desposesión y la pérdida: le  han matado a su padre, su madre duerme en la misma cama que el regicida, le han desposeído del Reino al que él tenía pleno derecho como hijo heredero que era, su turbulento mundo emocional le ha separado de su amada Ofelia de la que terminará definitivamente separado por la muerte de ella en un desgraciado accidente. A todo ello hay que añadir algo más pero vayamos al: Acto I, escena 2, en una conversación entre los nuevos Reyes y Hamlet, éstos le conminan a que abandone el luto y el duelo ante la pérdida de su padre:

Reina:

Querido Hamlet, arroja este traje de luto y miren tus ojos como un amigo al rey de Dinamarca”. La  Reina prosigue: “Ya sabes que ésta es la suerte común, todo cuanto vive debe morir, cruzando por la vida hacia la eternidad”.  El Rey Claudio así se manifiesta: “…perseverar en obstinado desconsuelo es una conducta de impía terquedad; es un pesar indigno del hombre; muestra una voluntad rebelde al cielo, un corazón débil, un alma sin resignación, una inteligencia limitada e inculta”.

En esta misma escena, la Reina le pide a Hamlet que en aras de que él es el  heredero al trono y del gran amor que Claudio le profesa, que se comporte como un buen hijo y que modere su inútil desconsuelo. También la Reina Gertrudis le suplica que no regrese a la Universidad y se quede con ellos.

Esta conversación con los Reyes hunde más, si cabe, a Hamlet en el pozo de la miseria emocional, primero no se siente respetado por su duelo ante la muerte de su padre y después para él supone una gran pérdida, la petición coercitiva de su madre, de no regresar a la Universidad; Hamlet contaba con la fuerza de la intelectualidad, de los estudios y de las enseñanzas aprendidas para regenerar el Reino de Dinamarca. Sin embargo y contraviniendo su sentir, Hamlet claudica ante su madre.

Reina:

No sean vanos los ruegos de tu madre, Hamlet. Te suplico permanezcas con nosotros; no vayas a Wittenberg”.

Hamlet: “Haré cuanto esté de mi parte por obedeceros, Señora”.

Bajo el prisma de una lectura psiconanalítico, aquí Hamlet labra su catástrofe psíquica, sin él saberlo por ser un proceso inconsciente, abandonando su Deseo y su propia subjetividad, para devenir en Objeto de Deseo de la Madre, es decir pasa a ser súbdito fiel de ella.

Serán finalmente los acontecimientos externos –y no su voluntad- los que le fuerzan a dejar de ‘vivir las preguntas’ y pasar a la acción. Una vez conseguido el objetivo de asegurarse la culpabilidad de su tío y padrastro, el rey Claudio, y de sacarla a la luz (algo que obtiene, por medio de la palabra poética, en esa función con los actores ambulantes amañada previamente por él con versos de su propia cosecha);  ni siquiera entonces, Hamlet tiene el coraje de pasar a la acción, lo cual le lleva a pasar, en un movimiento de autodefensa, al inicio del reguero de sangre que va a dejar como final. Hamlet  envía a la muerte a sus amigos traidores Rosencrantz y Guildenstern al saber que habían aceptado la misión del Rey de conducirle a él al patíbulo;  previamente y por error, ha matado a Polonio, mientras él mantenía una conversación con la Reina en la que ésta quiere saber qué le pasa a su hijo en realidad. Polonio se hallaba detrás de las cortinas escuchando la conversación entre ambos y Hamlet creyendo que era el Rey el que escuchaba le da muerte pero en realidad al que mata es a Polonio. Mata a quien no quiere y deja vivo al que quiere matar. Con esas víctimas en la conciencia, y de modo involuntario, irá causando el suicidio de Ofelia (que no soporta el rechazo de Hamlet ni la muerte de su padre), la derrota mortal de Laertes (hijo de Polonio) que se bate en duelo con Hamlet, previa manipulación del rey para que Laertes limpie el asesinato de su padre. En el duelo final y en mitad de la refriega se produce el envenenamiento de su madre. Hamlet se ve entonces como “un ser de la muerte” y sólo en la irrevocable escena final del desenlace, comete el único ‘acto físico’ de violencia deliberada: mata al rey con la espada infecta. En esta escena final, trágica y de gran dramatismo, Hamlet encuentra el camino hacia la muerte, primero herido por la espada infecta en el duelo mantenido con Laertes y después quizá por seguir el mismo camino que su madre, le pide a Horacio, su amigo más fiel, que le dé unas gotas del veneno que queda en la copa mortal.

El sentimiento de culpa por las muertes que él mismo ha provocado azuza a Hamlet en el momento de su muerte y por ello, pide, suplica a su amigo Horacio que le justifique ante el mundo con estas palabras: …”Yo muero, Horacio, tú vives; explica mi conducta y justifícame a los ojos del que ignore

En realidad, en el Castillo de Elsinor, los personajes a excepción de Ofelia, son los que parecen que son, es decir, unos truhanes que se valen del artificio de la astucia al lanzar una mentira para encontrar, de este modo, la verdad. El gran referente quizá esté en el propio Hamlet que  mediante el ardid de la astucia, se hace pasar por loco para conseguir sus fines; del mismo modo actúa Polonio que viajando su hijo Laertes a  Francia quiere saber la vida que él llevará allí y a los que se van a encargar de la vigilancia de su hijo, les dice lo siguiente: “Vedlo ahora: con el anzuelo de vuestra mentira pescáis la carpa de la verdad. Y así es como nosotros, las personas de talento y alcance, con rodeos y embistiendo de soslayo, por medios indirectos, hallamos la dirección”.  Después de la muerte de Hamlet, Horacio describe así esta manera de actuar:

 muertes producidas por la astucia y la violencia, y, como remate, de maquinaciones fallidas cayendo por descuido sobre  la cabeza de sus inventores”.

Ya se ha dicho antes, el momento en que Hamlet ‘decide’ convertirse en objeto de deseo del otro; sin embargo, no es hasta el momento del soliloquio del ‘To be or not be’ cuando expresa mediante el lenguaje su vinculación que le encadena de una manera irremediable al otro.

 

El Psicoanálisis nos aporta las siguientes reflexiones a este texto de Hamlet. <br>

Freud considera que la culpa inconsciente es lo que inhibe a Hamlet para pasar a la acción. ¿Por qué se inhibe? Freud nos señala que el aplazamiento de su acción tiene que ver con su Deseo que no es otro que matar a Claudio para poder yacer con la madre. Este retardo podría estar relacionado con una neurosis de tipo histérico que sabemos que culmina con la realización de un deseo insatisfecho.

Sin embargo, Lacan desecha esta tesis de Freud. Lacan expone que hay algo muy fuerte entre la reina Gertrudis y el rey Claudio; ello la deviene en objeto desecante a los ojos de Hamlet que no debemos olvidar que se ha tornado en objeto de deseo de la madre, es decir, pasando a desear lo mismo que desea su madre. El pensamiento de Hamlet es, según Lacan,  como sigue: este hombre interesa a mi  madre, es por tanto su objeto de deseo y si es así, seguro que este hombre tiene un valor. Ahí entra en juego ‘el enigma del deseo de la madre’. Hamlet valora en grado sumo lo que la madre valora y aprecia y eso le impide matarlo, de momento.

Lacan considera que el retardo de Hamlet en matarlo está en que Claudio tiene un valor para Hamlet ya que Claudio interesa a la madre; ahí entra la madre fálica, si bien quien otorga a su madre el poder de lo fálico no es otro que Hamlet al convertirse en su súbdito. El Falo como significante de la Potencia. ¿Qué es lo que mi madre quiere en Claudio? Ahí reside lo fuerte, lo potente. Si Hamlet mata a Claudio, ya no sabrá lo que en realidad le interesa a su madre. La pretensión de Hamlet es ocupar en el Otro el lugar del deseo de la madre.

 

Para finalizar mi intervención, quisiera hacerlo con una cita de la escritora Carmen Martín Gaite (1925-2000) escogida de su libro El cuento de nunca acabar que dice así: “Mientras dure la vida, sigamos con el cuento 

Así ocurrió en Elsinor: ‘mientras hubo vida, hubo cuento; mientras hubo cuento, hubo vida’.

 

A continuación, cedo la palabra al Director de este Gabinete, José García.

 

 

 

NOTA: La Universidad de Wittenberg, en Alemania, en la que el Príncipe Hamlet cursó parte de sus estudios, fue fundada en 1502.  En 1817, la fusión de la Universidad de Wittenberg con la Universidad de Hälle, dio lugar a la denominación actual de ‘Martin-Luther-Universität-Hälle-Wittenberg’, en honor al profesor, que fue de la antigua Universidad de Wittenberg, Martin Lutero (1483-1546).

Palma, Septiembre 2017.
** Ponencia íntegra a cargo de la escritora y miembro del grupo de estudio del GPP, Francisca Alcover Vaquer. Titulada: "¿QUÉ ES EL COMPLEJO DE EDIPO (II): "Hamlet", La novela familiar del neurótico". Ciclo de conferencias “Septiembre Psicoanalítico” impartido en el Gabinete en Septiembre 2017.


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com