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A LA INTEMPERIE

Se retrocede con seguridad

pero se avanza a tientas

uno adelanta manos como un ciego

ciego imprudente por añadidura…

Fragmento del poema A tientas de Mario Benedetti

Según el Diccionario de la Real Academia Española el riesgo es definido como la “contingencia o proximidad de un daño”. La etimología de la palabra proviene del italiano −rischio− que a su vez deriva del árabe clásico –rizq− traducido como “lo que depara la providencia”. El riesgo, entendido como la posibilidad de que ocurra una situación ante la cual el sujeto puede salvaguardarse, ha sido adoptado por el ámbito de la economía.

Centrándonos en el mundo empresarial, la asunción del riesgo no siempre se ha considerado un compañero de viaje del empresario. Es a partir del fin del siglo XVIII cuando un grupo mayoritario de economistas declaran su intención de incorporar la gestión del riesgo a la función empresarial y paralela a la dirección. En esta época comienza a diferenciarse la función del empresario de la función del capitalista. Joseph A. Schumpeter, destacado economista austro-estadounidense, afirmará más tarde que si el empresario invierte el dinero prestado por el banco, teniendo medios propios para liquidar su deuda, se convierte en capitalista, por lo que si la empresa fracasa la pérdida recaería sobre él en cuanto a capitalista pero no en cuanto a empresario. Una manera clara de decirnos que la pérdida económica no significa el fracaso del empresario.

A raíz de incorporar el riesgo en el día a día del empresario numerosos autores contribuyeron al paulatino desarrollo teórico de este elemento. Uno de ellos fue el ecléctico economista estadounidense Frank H. Knight, cofundador de la Escuela de Chicago, que publicó en 1921 su tesis Riesgo, incertidumbre y beneficio. Esta obra supuso un importante avance en la teoría del emprendedor. Una de sus contribuciones más destacadas fue establecer la fundamental distinción entre riesgo e incertidumbre. También explicó el beneficio en base a la gestión de la segunda por parte del empresario. En aquella época se comienza a considerar al empresario como un agente activo dentro del sistema y a analizar la remuneración de su destreza en la gestión de las inversiones y no solo la retribución al inversor.

Knight se aleja del pensamiento económico clásico introduciendo la incertidumbre en el devenir del empresario. Para él, el “riesgo” es la aleatoriedad con probabilidades conocidas, que se puede medir y se puede asegurar, en cambio la “incertidumbre” es la aleatoriedad con probabilidades desconocidas, no se puede asegurar. Sostiene que cuando la incertidumbre es mesurable se convierte en riesgo, ciñendo el término “incertidumbre” a los casos de tipo no cuantitativo.

Sirva de ejemplo para ilustrar este concepto de “riesgo” todas aquellas actuaciones del empresario dirigidas a cubrir un suceso altamente probable en la empresa, como es el cálculo de un fondo de tesorería para inyectar liquidez en los primeros meses de vida de la organización, la provisión de un fondo para cubrir probables reparaciones de la maquinaria productiva o la contratación de un seguro.

La “incertidumbre” para Knight no se pliega a un simple cálculo, sino a una hipótesis, que a su vez surgirá de la aceptación de la falta del control y conocimiento absoluto del empresario. No solo será el empresario el encargado de gestionar la incertidumbre, sino que esta función le confiere su estatus de “empresario”. Además, asumir este papel le brinda la oportunidad de obtener unas altas rentabilidades.

En definitiva, en base a su teoría, podemos decir que “el olfato para los negocios” es ese “saber hacer” del sujeto económico en situaciones no exploradas, que ve oportunidades y actúa antes que los demás. El empresario toma decisiones y pone en juego su invención generando predicciones de las variables implicadas, que pueden no cumplirse. A cambio, por el acierto, recibirá un beneficio que es el que realmente retribuye la función principal del emprendedor. Esta contribución teórica de Knight no ha sido incorporada por algunos economistas relevantes posteriores. De hecho podemos encontrar en ciertos manuales de economía una defensa de una supuesta “aversión al riesgo” y de una preferencia generalizada por “lo seguro” en el ser humano. Conviene recordar el desarrollo teórico de Knight que nos dice que si no existe incerteza a gestionar no podemos hablar propiamente de empresario.

 

Tampoco podemos hablar del ser humano sin una parcela de imprevisibilidad. En la vida hay terrenos en los que el sujeto se siente des-armado como por ejemplo en su encuentro con el amor y el deseo. En estas batallas cualquier prevención es vana, en su repetición mítica se inscribe la novedad. Hace más de cien años que se produjo el concepto de inconsciente, desde entonces sabemos que el inconsciente no envejece, no descansa, no calcula, solo le interesa transformar, sirviéndose, como sujetos hablantes, de la metáfora y la metonimia en la cadena significante.

El hombre tropieza, pero no exactamente con la misma piedra. De la enseñanza de Jacques Lacan, por la vía del retorno a Sigmund Freud, se desprende que el deseo es siempre deseo de alguna otra cosa y además tampoco puede calcularse de la mano. El deseo y el amor nos abordan desprevenidos, desnudos y a contramano. O sea, que no hay santo a quien encomendarse; cada sujeto ha de inventar un “saber hacer” con su parcela incalculable.

Amparo Vidal Sánchez

Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales

Candidata a psicoanalista en formación Psicóloga

© Revista Cultural ENKI Nº9. www.revistaenki.com


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com