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PARAR Y PENSAR 

La reflexión como una responsabilidad ética en arteterapia 

Hace tiempo que con algunas compañeras mantenemos

conversaciones acerca de la importancia de revisar diversas cuestiones éticas relacionadas con nuestra profesión. Si bien es obvio que todos los arteterapeutas nos guiamos por los respectivos códigos éticos de las asociaciones de las cuales formamos parte, no podemos negar que es un tema que, por naturaleza, necesita ser replanteado a menudo. A ello se suma que nuestra profesión es aún muy joven en España y que los medios organizativos y tecnológicos que utilizamos están cambiando a gran velocidad, por lo que no resulta fácil sincronizarse. 

Tal vez sea desde la docencia donde más nos urge poder clarificar puntos que asumimos como resueltos pero que, en determinadas situaciones, descubrimos que la guía en la que nos basamos no es suficiente. Es innegable que cualquier código ético debe ser revisado periódicamente y que es “ético” que exista una comisión que se ocupe de establecer las discusiones necesarias sobre determinados aspectos. Sobre todo, en temas relacionados con la confidencialidad y con la utilización de los diversos soportes digitales. Expresiones como `las anotaciones se guardarán de forma que la confidencialidad de la información quede garantizada´ (Código Ético de la ATe, 2.7), son sumamente claras pero, si nos paramos a pensar, a la hora de llevarlas a la práctica puede ser lógico sostener ciertas dudas. Acciones como enviar una sesión a un supervisor por correo electrónico no supone una garantía de seguridad. La información de nuestros pacientes en portátiles y pen drives tampoco lo son. 

El hecho de que el arteterapia sea una profesión nueva y que los arteterapeutas no siempre tengan un rol definido en determinadas instituciones, es un área en la cual pueden surgir inseguridades en relación a diversos aspectos de nuestro trabajo. En ocasiones, el profesional no tiene sus funciones establecidas, ni tampoco el sistema de intervención y de relación dentro del equipo multidisciplinar en el que desarrolla su tarea. 

Una tercera área que nos diferencia claramente de otro tipo de psicoterapias o de otras terapias artísticas, es la presencia de las imágenes de los usuarios. Puntos a considerar serían, por ejemplo, la conservación de las creaciones una vez que ha acabado el tratamiento en caso de que el paciente no decida llevárselas, o bien el destino de las obras de personas que han fallecido y que han sido atendidas en residencias geriátricas o unidades de paliativos. 

 

Sin embargo, pienso que hay otra necesidad más urgente para los arteterapeutas, un poco más en el fondo de los temas antes mencionados. Me refiero a aquello que tiene que ver, de manera profunda, con nuestra actitud y posicionamiento como terapeutas. El punto central es, para mí, la responsabilidad de saber parar y reflexionar no sólo sobre grandes temas o cuestiones concretas en relación a nuestra práctica, sino poniendo la atención en aquello familiar y cotidiano, justo donde lo esencial puede pasar desapercibido. 

Desde este punto de partida, podríamos pensar en dos áreas: una en relación a nuestras funciones como arteterapeutas y otra, de forma interrelacionada con los conceptos y las teorías en las que basamos nuestro trabajo. 

En general, todos tenemos claro cuál es nuestro rol en la relación terapéutica, pero no está de más revisarlo de vez en cuando. Entendemos esta relación basada en la mutualidad pero además en la asimetría. Ésta última necesaria, pero entendida también como la asunción de un poder cuyo objetivo es, justamente, potenciar el poder del otro, no tanto de ofrecerle respuestas, sino ayudarle a que él mismo las encuentre. Imagino nuestra función cercana a la de un sherpa. El sherpa no llega a la cumbre, tan sólo acompaña en un tramo del recorrido. Nuestro objetivo no es dirigir a nadie hacia un determinado camino. Nuestra tarea de acompañantes tiene un límite y un tiempo para que después cada uno llegue a su propia cima. 

 

Existe también una responsabilidad, la de no conformarse con lo aprendido y la de estar en contacto con nuestro mundo interno, cuestionando nuestra actitud, así como las herramientas que utilizamos. Según como se exprese, esta responsabilidad podría interpretarse como algo que conlleva un peso o que implica un gran esfuerzo. Si bien es una tarea siempre inacabada, no tiene que ver con algo omnipotente, sino más bien con la humildad, con la capacidad de cuestionarnos sobre qué hacemos y porqué lo hacemos. En especial, acerca del carácter de las relaciones que establecemos y sobre nuestras motivaciones. 

Estamos muy atentos a comprender qué siente el paciente o qué nos transmite, pero en ocasiones podemos olvidar el impacto de lo que nosotros podemos transmitir. Me refiero a la importancia de ser conscientes también de la influencia de nuestra subjetividad en la relación terapéutica. 

En un trabajo dirigido a potenciar la conciencia del otro, es obvio que pasa por tenerla nosotros mismos. En el fondo, todo lo dicho tiene por objetivo el darse cuenta de que no siempre es tan fácil, y que la costumbre y el considerar que algo ya está aprendido, puede ser un impedimento. Son aspectos nuestros y también lo es el hecho de formar parte de una determinada sociedad, la cual puede impedir ver con claridad el auténtico significado de lo que hacemos. Según Fromm (E. 1964. Pág. 113), llegamos a la conclusión de que la conciencia y la inconciencia están socialmente condicionadas. Tengo conciencia de todos mis sentimientos y pensamientos que pueden penetrar el triple filtro del lenguaje (socialmente condicionado), la lógica y los tabúes (carácter social). Las experiencias que no pueden filtrarse permanecen fuera de la conciencia es decir, permanecen inconscientes. 

Asímismo, en nuestro quehacer diario nos manejamos con multitud de conceptos e ideas, los cuales, una vez incorporamos en nosotros durante la formación y en la práctica posterior, quedan asumidos, tal vez, sin demasiado cuestionamiento. Conceptos como consciencia, inconsciente, insight, etc., son utilizados por multitud de autores y de orientaciones y, a menudo, desde significaciones bien diferentes. 

Todo ello no es más que un intento de mantener la mirada clara hacia el otro y de respeto, entendiendo la forma etimológica del término ‘respicere´, la cual significa ver con atención, ver al otro como es y con la intención de potenciar su crecimiento según su propia personalidad. 

 

En este texto y a través tan solo de pinceladas, simplemente he dirigido la mirada a la necesidad de considerar, de forma más amplia, la ética en nuestra profesión o mejor propondría una bioética, la cual, según Begoña Román es ‘una ética aplicada que pretende orientar la toma de decisiones en el ámbito de la salud y la vida en sociedades moralmente plurales y lo hace desde la metodología dialógica, deliberativa y desde el debate interdisciplinar´ (Román, B. 2009. Pág. 29).

Montserrat Montané

 Arteterapeuta por la Universidad de Barcelona. Coordinadora de prácticas y profesora del Máster de Arteterapia de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona 

Pinturas de Montserrat Montané.

 

© Revista Cultural ENKI Nº7. www.revistaenki.com


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com