iniciopsicoanalisisarticulosenseñanzadepartamentosnoticiascontacto datos personales

Clinica Psicoanalitica

Arte, Cine
y Psicoanalisis

Literatura y Psicoanalisis

Economia y Psicoanalisis

Otros

EL ERROR DE BUENA FE (y otros sobre moral/agresividad y guerra/paz)

  Los sujetos que se conducen con ingenuidad ante los demás, cometen un error imperdonable.

   Es lo que se llama «el error de buena fe». Es el error de todos aquellos sujetos que toman sus deseos por realidades, y tomar los deseos por realidades es de cierta manera creer que existe sólo una realidad: la propia.

   El sujeto que toma sus deseos por realidades piensa que el mundo debe «marchar» de la misma manera a como él «marcha» en el mundo, sin tener en cuenta que el mundo «camina» de muchas y variadas maneras que para nada coinciden con la manera de «caminar» de cada uno. Este tipo de sujetos suelen guiarse por sus buenas intenciones -lo que el filósofo Hegel denominó «el alma bella» o la ley del corazón-. Son precisamente las almas bellas las que se quejan de que los demás abusan de ellas. Son sujetos que quieren hacerle el bien a todo el mundo, pero en la medida en que quieren un mundo hecho a la medida de sus deseos, son, paradójicamente, fuente de agresividad por parte de los sujetos que los rodean.

   El alma bella es alguien que se queja de lo mal que le paga el mundo; son como esas madres que queriendo lo mejor para sus hijos -que no sufran, que no pasen dificultades, ni desengaños, ni nada-, se quejan de lo malagradecidos que ellos son con ellas. Pero precisamente, en la medida en que un sujeto tiene las mejores intenciones con otro, recibirá a cambio, en contragolpe, una serie de agresiones, maltratos y reclamos que se explican solamente si se piensa que existe una estrecha relación entre la posición subjetiva del que comete el error de buena fe, y el sujeto que le paga mal por ello.

   Lo que sucede es que, en la medida en que un sujeto tome sus deseos por realidades y que el mundo se conduzca según su parecer, en esa misma medida estará desconociendo los deseos de los demás, y cuando a un sujeto se le desconocen sus propios deseos, que es como decir, su propia realidad, su respuesta a esto siempre será agresiva. Ignorar los deseos de los demás tendrá sin cesar este efecto: a los sujetos les disgusta que se ignoren sus propios deseos, sus propias realidades, su subjetividad.

   CONCIENCIA MORAL Y AGRESIVIDAD

   La conciencia moral del sujeto se forma a partir de la introyección o incorporación dentro de sí de la inclinación agresiva propia del ser humano. La introyección de la agresividad en el sujeto se constituye así, en la principal herramienta de la que se vale la cultura para volver inofensivo el gusto que tienen los individuos por agredirse unos a otros. El problema es que, como conciencia moral, la agresividad está lista para ejercer contra el sujeto, la misma severidad agresiva que ella habría satisfecho de buena gana en sus semejantes. (Freud, 1930)

   El psicoanálisis designa como conciencia de culpa a la tensión que se produce entre esa parte del Yo que ha interiorizado la agresividad -es decir, la instancia del superyó-, y el Yo que quiere expresar sin restricciones su cuota de agresividad. Con este mecanismo de “meter adentro” el peligroso gusto del sujeto por la violencia, la cultura coarta el impulso agresivo y lo debilita, quedando el individuo bajo una especie de vigilancia permanente. Esa instancia situada en su interior no es otra que su conciencia moral, la cual, a la manera de una voz interior, le va diciendo si lo que quiere hacer o lo que hace, esta mal o bien hecho.

   Es justamente a ese sentimiento de culpa al que los creyentes le dicen pecado. Pero el superyó introduce una paradoja en el campo de la ética. Es una paradoja que Freud expone en El malestar en la cultura (1930), y que consiste en que hay sujetos que se sienten culpables a pesar de que no han hecho nada malo o a pesar de ser buenas y de seguir una vida recta y consecuente con sus creencias religiosas o sus ideales. Esto se debe a que dichas personas perciben en ellas, muchas veces de manera inconsciente, el propósito de obrar mal, de tal manera que la intención o el deseo de obrar mal, pasa a ser considerado como equivalente a la práctica de la agresión o la maldad.

   El psicoanálisis ha encontrado que, en el ser humano, su conciencia moral presenta esta peculiaridad de carácter paradójico: ella se vuelve mucho más severa en la medida en que el sujeto es cada vez más virtuoso; para decirlo de otra manera, aquellos que más se acercan a la santidad son los que con más tenacidad se reprochan sus errores, faltas o pecados. Así pues, una conciencia moral más severa y vigilante sería el rasgo característico del hombre virtuoso.

   EL TERROR DE LA GUERRA Y LA PAZ

   Siempre que se esta en una situación de guerra, surgen en contraposición una serie de movimientos y reclamos que abogan por la paz, la armonía y el amor, colocando en el horizonte, como ilusiones, estos valores y otros tantos buenos ideales. Pero la historia de la humanidad ha demostrado, en numerosas y diversas ocasiones, que en nombre de grandes ideales también se hace la guerra, se mata al otro y se produce terror. ¿Cuál es entonces la salida a esta paradoja? Porque es un hecho que si se está en guerra, se anhela con ahínco la paz.

   Primero que todo, hay que reconocer en el ser humano una tendencia agresiva que hace parte de su constitución. El ser humano es fundamentalmente un ser hostil, al que le cuesta llevar una vida armónica y feliz. Por esta razón hay que reconocer que dicha armonía en los vínculos, relaciones sin conflictos, amores sin odios y amistades sin tensiones, son metas inalcanzables, y, como dice Estanislao Zuleta en su texto Sobre la guerra, hasta indeseables.

   Si el ser humano es fundamentalmente un ser conflictivo, constituido por unos impulsos agresivos irreductibles, lo que se necesita es de –y en este punto cito al maestro Zuleta–, “construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”.

   Entonces, lo que habría que hacer es, primero, reconocer que somos seres irremediablemente conflictivos y violentos, –reconocimiento que es opacado y desmentido por todos aquellos discursos que reivindican la paz, la armonía y el amor entre los hombres, como por ejemplo "los buenos somos más"–. Y, segundo, darle lugar en lo social a la tramitación de la agresividad y a la expresión de los conflictos entre los miembros de la sociedad –para lo cual se hace necesario, por parte del Estado, un aparato jurídico y legal que sea eficiente y eficaz–.

   Es indudable que nos falta mucho camino por recorrer, aquí en Colombia, antes de alcanzar una convivencia civil que sea efectiva y real.

   SATISFACCION EN LA AGRESIVIDAD

   La conducta agresiva de los animales, que está regulada por el instinto, no entra para nada en conflicto con el medio natural; ella es utilizada para la conservación de la especie y la demarcación de un territorio ocupado. En cambio, si algo distingue al ser humano en su relación con la naturaleza, es que éste la ha ido destruyendo, a tal punto, que hoy no se para de hablar del tema ecológico. Además, la agresividad humana no se detiene en el plano egoísta de la conservación de la especie; ella suele ir hasta la crueldad, cuyo resorte no es la expresión de algún instinto, sino una tendencia compulsiva a producirle dolor al semejante y, lo que es más preocupante, a encontrar satisfacción en ello, un extraño placer o satisfacción de carácter sexual.

   Si causar dolor a los demás o hacérselo causar a sí mismo -lo que parece ser una condición generalizada en los seres humanos- llega a convertirse en fuente de satisfacción, habría que pensar en una patología de la vida sexual humana que consiste en que la excitación sexual no la genera el erotismo de las caricias y de las palabras de amor, sino el dolor físico de los golpes y el dolor moral del agravio y la humillación (Gallo, 1998). Por esta vía se puede hasta llegar a la forma más grave de maltrato físico, a saber, la tortura.

   Las manifestaciones agresivas de los seres humanos recaen principalmente sobre los sujetos más vulnerables, es decir, sobre los niños, las mujeres y los ancianos; son ellos los que están más expuestos a la humillación, la explotación y el maltrato por su grado de dependencia frente al semejante, dependencia que lejos de despertar la compasión, el deseo de protegerlos o de amarlos, desencadena más bien ese impulso sádico a someterlos y maltratarlos bajo cualquier justificación.

    La agresividad es algo que está más allá de los valores morales, de los ideales -reciprocidad, diálogo, convivencia, participación, amor-, de la buena educación y los prejuicios; ella habla de que en el ser humano existe una tendencia inconsciente a satisfacerse en el mal, que de él emana un extraño empuje a la maldad.
(Año 2007) / Textos extraidos, por gentileza del autor, de su blog de psicoanálisis lacaniano "Coiteraciones"

HERNADO A. BERNAL

• Magíster en Ciencias sociales y humanas U. de A.
• Psicólogo U.S.B. 
• Psicoanalista
• Docente–Investigador Funlam


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com