iniciopsicoanalisisarticulosenseñanzadepartamentosnoticiascontacto datos personales

Clinica Psicoanalitica

Arte, Cine
y Psicoanalisis

Literatura y Psicoanalisis

Economia y Psicoanalisis

Otros

¡MÍRAME!

ESPEJITO, ESPEJITO…

   En 1936, en el congreso anual de la Asociación Psicoanalítica Internacional, que en esta ocasión se celebró en Marienbad del 2 al 8 de agosto, Lacan desarrolló la teoría de La Fase del Espejo. Por aquel entonces España, desde el día 18 de julio del mismo año, se desangraba en una estúpida guerra civil entre los “moros” y “cristianos” de siempre. La madrugada del 3 de agosto, por ejemplo, mientras los ponentes del Congreso descansaban de la jornada, la basílica del Pilar de Zaragoza, a la luz de la Luna llena, sufría un bombardeo por la aviación republicana. Meses después, en el pabellón español de La Exposición Internacional de París de 1937, colgaba el Guernica. 
Mi país, con sus cavidades encharcadas de la negra pus de la intolerancia; reconcomido por el rencor, a rebosar de envidias y putrefacto de tantas tonterías no superadas; con la misma estúpida canción de siempre de su corazón partío, con el regusto de su pasión torera más gitana y su mala hostia – leche agria, enquistada, a fuerza de disimularla con la mentira de la beatitud o la modernidad más anárquicamente obscenas- … mataba y lloraba… ¡y enterraba a sus muertos mientras vomitaba sus razones más viscerales! Europa aguardaba expectante el estallido de otra barbarie. Norteamérica y resto del mundo tenían bastante con lo suyo. Desgraciadamente, tropezar en la piedra de la Primera Contienda Mundial, no agilizó los reflejos. La carnicería española era el preludio de otra masacre. Tampoco hubo profilaxis. Más de 50 millones de muertos y cientos y cientos de miles y miles de damnificados de toda clase, a lo largo y ancho del planeta, lo atestiguaron después. Sí, es una lástima que el ser humano se relaje tanto y no ponga más interés en prestar atención y aprender de ciertas lecciones de la vida.

Continuemos. Lacan, que cuatro años atrás, en 1932, había presentado su tesis doctoral, titulada “De la Psicosis Paranoica en sus Relaciones con la personalidad”, ya estaba acostumbrado a codearse con la flor y nata de la cultura y el arte parisinos; que en aquel momento representaban la crème de la crème mundial en muchos ámbitos. Participó activamente en el movimiento surrealista, frecuentando el afanoso círculo de escritores, artistas e intelectuales de París. Llegando a ser amigo de André Bretón o Salvador Dalí, por ejemplo, y, posteriormente el médico personal de Pablo Picasso. Habitual de la famosa librería de Adriene Monnier Shakespeare and Company en la margen izquierda del río Sena, junto con autores del calibre de André Gide o Paul Claudel, donde tuvo la ocasión de asistir a la primera lectura pública del “Ulises”, de James Joyce; al que por cierto luego él analizaría en sus trabajos. En fin un alma inquieta que no se con-formó solo con los estudios convencionales de su profesión como psiquiatra. Baste mencionar la anécdota de que en su adolescencia, apasionado por la filosofía, empapeló las paredes de su habitación con la Ética de Spinoza.
Pues bien, en su tesis doctoral, época por cierto que coincide con el inicio de su análisis personal de manos del doctor Rudolph Lowesntein, introdujo un nuevo concepto en el campo psiquiátrico, el de paranoia de autopunición. Parte de su trabajo lo basó en el estudio de un caso que conmovió a la sociedad parisina. Se trataba del análisis que hizo de una mujer llamada Aimée, que había intentado acuchillar a una conocida actriz del momento, Hugette Duflos. Aimée, que tenía el mismo nombre que una de las heroínas de sus novelas inéditas, al atacar a Duflos en realidad se estaba atacando a sí misma: al deseo de reconocimiento, prestigio y realización que había alcanzado socialmente la actriz parisina. La imagen, el ideal, el narcisismo, la necesidad de castigo y la manera peculiar como la personalidad puede extenderse fuera del “propio” cuerpo, constituyéndose en una compleja red social, serán algunos de los temas que poco después quedarán como aspectos importantes de su obra. Es así, como la Duflos representaba una parte de la propia Aimée. Es decir que la identidad de Aimée estaba fuera de Aimée, que la identidad del sujeto esta fuera del sujeto.

   Lacan elabora la teoría de la fase del espejo partiendo de la prematuración del nacimiento con relación al dominio corporal. Fase crucial para la constitución del ser humano que se establecerá como la matriz y el esbozo de lo que será el yo. Situada entre los 6 y 18 primeros meses de vida se basa en la anticipación imaginaria de la aprehensión y dominio de su unidad corporal. Parte de la siguiente observación: a esa edad, en la que el niño está todavía en un estado de impotencia e incordinación motriz, en la que incluso es superado en inteligencia instrumental por el chimpancé, es capaz sin embargo de reconocer ya su imagen en el espejo como tal. Trascendiendo con júbilo la percepción de falta de unidad de su cuerpo, la sensación de “desfragmentación” interna, e iniciando así el largo camino que le situará en la línea de salida hacia la conquista de su subjetividad. “La asunción triunfal de la imagen, con la mímica gozosa que la acompaña y la complacencia lúdica en el control de la identificación especular». Sí, una captura imaginaria del organismo por una imagen externa. Datos a su vez proporcionados tanto por la psicología infantil como por la psicología comparada y la sociología. Tesis que también se apoyó en las investigaciones sobre etología animal, que muestra algunos efectos de maduración y de estructuración biológica producidos exclusivamente por la percepción visual del semejante. Y, por supuesto, basados también en los datos biológicos y médicos sobre fisiología humana. Algo, por tanto, perfectamente comprobable en las adecuadas condiciones científicas de experimentación. “Un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma ortopédica de su totalidad” Cuerpo fragmentado, incompletud, como sensación de desintegración, que se “revive” frente a lo angustiante de algunos procesos vitales, donde el Yo parece perder su “integridad”. De hay que, en ocasiones, la castración (por supuesto simbólica) pueda activar en determinadas personas la fantasía de desfragmentación. Algo que queda particularmente ilustrado en la paranoia, con esa especie de descomposición constitutivamente “normal”, pero sin ser asumida como tal. Pues, al fin y al cabo, el Yo es una instancia inauténtica cuya función es la de suturar esa perturbadora desunión. Una armadura rígida que a su vez permitirá asumir una identidad. Identidad enajenante que, con su coraza, marcará la estructura del desarrollo mental del sujeto. Carácter falseador del Yo que ya Sigmund Freud había visto en el fenómeno conocido como alucinación negativa, que consistia en los rodeos y “mentirijillas” con los que reaccionaba una persona hipnotizada frente a determinadas preguntas comprometidas del hipnotizador. Donde esas respuestas falsas cumplian la función de encubrir la verdadera situación, dejando entrever el papel de ficción de esta instancia yoica. Lacan, plantea un ejemplo sencillo para demostrar que esta experiencia denominada fase del espejo será la matriz de las identificaciones posteriores, cuyo tiempo es el recorrido por parte del sujeto de la insuficiencia a la anticipación. Dice, si cojemos un espéjo cóncavo (cuya característica es que dan imagenes reales que caen en el mismo campo donde se encuentra el objeto que las produece, a diferencia de las imágenes virtuales) y le colocamos delante un florero vacío y debajo un ramo de flores y luego ponemos todo el conjunto frente aun espejo plano, lo que veremos será, reflejada en un espacio virtual, una imagen donde las flores estarán dentro del florero. Pues bien, Lacan luego añade: si metido en semejante experiencia hubiese un tramoyista, éste no vería la totalidad de dicha experiencia. El que hace la magia, a diferencia del espectador que está sentado fuera del escenario, fuera del “montaje”, no ve las flores metidas dentro del espejo; él lo que ve son las flores en un lugar y el florero en otro. Pero si al que está medito en la faena, en la experiencia de vivir, también le colocamos un espejo plano, sí vería esa totalidad.

   En resumen: para el dominio de sus funciones más biológicas, por su inoperancia e incompletud, pero también, y sobre todo, para el ingreso en el mundo humano, el yo tendrá que constituirse mediante una identificación alienante. Lacan llamará “lo imaginario” al registro en el que tiene lugar esta identificación. Lo cual supone el peaje de estar atrapado en una imagen que es ajena a mí. Porque en esta fase, el niño cree que la imagen lo producea él. Constitución imaginaria que por ser “a duo”, dual, llevará implícita una tensión agresiva. Tensión agresiva porque el yo está constituido como otro, y el otro como un alter ego. Captura imaginaria que le llevará a asumir como elementos identificatorios los significantes del habla de sus padres. Lo que significa que el niño esta ligado a su imagen por palabras. Sí, parole, parole, parole... através de representaciones linguísticas, por todo aquello que sale de la boca de los padres. De tal manera que si la madre le repite continuamente al niño “¡es un bendito!”, por poner un ejemplo, el zagal tendrá muchas papeletas para acabar siendo un maleante o un santo varón. Ya que la identidad del niño dependerá de cómo asuma las palabras de los padres. ¡A dios gracias, está lo simbólico!. Porque sin el poder y principio organizador de lo simbólico se produciría una batalla campal, un duelo a muerte entre yo o el Otro.br>
   Resumiendo el resumen: Decíamos que el aparato psíquico surge en el encuentro con el otro. Que la condición de ser pasa, primero, por alienarse al otro. Pero ser, en ese despliegue posterior de ir siendo, para (verdaderamente) ser, también requiere ir desalienándonos. ¿Desalienándonos de qué? Precisamente de dichas identificaciones, de semejante alienación en el Otro. En despedirse en su moemnto de esa enajenación ( mental ) primigenia; insisto, necesaria en su origen. O sea, para ser adultos tenemos que separanos a lo que nos tuvimos que unir para constituirnos. El proceso de curación es sobre todo un proceso de desalienación. De ir barrando al Otro, a ese Amo, para que emerja el sujeto.

 ( Del libro "Hay otra manera de vivir") 

José García


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com