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EL JUEGO Y LA FANTASÍA

SOBRE LA CREACIÓN Y LA NEUROSIS 

   Que “en cada hombre hay un poeta y que sólo con el último hombre morirá el último poeta”, es algo que los mismos poetas gustan, generosamente, de atribuir a la esencia humana.
Y si verdaderamente existe tal posibilidad, sería lícito buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad creadora del poeta. En este sentido: ¿cuál es la ocupación favorita y más intensa correspondiente a la infancia sino el juego? ¿Habrá, entonces, entre el jugar infantil y la creación artística alguna relación? Disquisiciones en torno a la función poética, a la creatividad en general, con las que Freud nos introduce en un texto escrito en 1908 y titulado “El poeta y la fantasía”. Un trabajo donde, siguiendo la línea de investigación expuesta anteriormente, nos plantea la tesis de que el poeta es poeta porque no abandona el juego. Por tanto, todo el mundo podría poetizar, puesto que poetizar no es más que jugar. 

   Pero vayamos por partes tratando de elaborar la tesis; para lo cual, la primera distinción que tendremos que hacer es entre jugar y fantasear. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre el juego y la fantasía? Pues que el que juega es un jugador, alguien que se divierte, en cambio el que fantasea es un sujeto que sufre. “El poeta – nos dice Freud en este texto - hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad. Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen consecuencias muy importantes para la técnica artística, pues mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía, y muchas emociones penosas en sí mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta”.
Es decir, para fantasear no necesito de la realidad. Así, cada vez que fantaseo soy un ser aislado que necesita inventar una realidad nueva que no existe; una realidad que, no teniendo que ver con la realidad, le permite escapar del mundo real que tanto lo frustra. En cambio, el niño cuando juega siempre toma un elemento de la realidad para jugar.

El poeta, también, cuando juega, juega siempre con la realidad; o sea, que tanto el juego del niño como el juego del poeta es la transformación de una realidad conocida. Algo que no puede hacer el neurótico, el fantaseador por excelencia. Éste es capaz de arrastrar con una cuerda un neumático de bicicleta, y cuando alguien, dándole coba, le dice: “por qué no le das de comer al animalito”, el tipo hace como que le echa unas migas de pan a la rueda. El niño puede pasear el mismo neumático creyendo que es su mascota pero cuando la madre le pregunta: por qué no le das de comer a Boby, el chico le contesta: “¡mamá, es la rueda de la bici!”. Diferencias.
El niño y el poeta, entonces, transforman la realidad, pero jamás confunden la realidad con la fantasía, jamás confunden la realidad con el juego. Algo, precisamente con lo que no puede el neurótico, que está permanentemente quitándole espacios a la realidad para poner en ellas sus fantasías. 

   Puede afirmarse, desmenuzando un poco más este asunto, que el hombre feliz es aquel que no fantasea. Algo, fantasear, que hace a menudo el insatisfecho. Puesto que los “instintos” insatisfechos actúan en él como las fuerzas impulsoras de las fantasías, siendo cada fantasía una satisfacción de deseos edípicos; es decir, de deseos infantiles, como los expresados y deformados en el sueño mediante la censura onírica, agrupados fundamentalmente en tendencias ambiciosas o eróticas.
Mucho habría que decir sobre las fantasías, pero sería interesante que tuviésemos en cuenta que la multiplicación y la exacerbación de las mismas crean las condiciones para la caída del sujeto en la neurosis o en la psicosis. Las fantasías serían, en este sentido, estadios psíquicos preliminares de los síntomas patológicos de los que los enfermos se quejan. Freud dice que cuando alguien me cuenta sus fantasías me producen asco o indiferencia, en cambio, cuando el poeta me cuenta sus fantasías yo obtengo placer. 

   La poesía sería la continuación y el sustitutivo de los juegos infantiles, donde el adulto, conociendo la realidad y sin escapar de ella - cómo hace el neurótico- puede transformarla. Entonces, si conozco la realidad y la transformo es porque me ha funcionado el mecanismo de sublimación; entendiendo por sublimación la derivación de las pulsiones hacia fines y objetos socialmente valorados como son la actividad artística y la investigación intelectual. Bueno, y el amor. También el amor. El amor como otra de las realizaciones más sublimes del ser humano.

Los llamados sueños diurnos, el hacer castillos en el aire - fantasear – resultaría ser un sucedáneo inadecuado para canalizar, en la edad adulta, determinadas cuotas de ansiedad ante situaciones que nos desbordan. A ese “producto elaborado” que nos ofrece el poeta “sobornándonos”, embargando nuestra sensibilidad; a ese estatuto estético le damos el nombre de placer preliminar. Placer preliminar que facilita la génesis de un placer mayor. Placer mayor que, procedente de fuentes psíquicas más hondas, nos sirve para descargar las tensiones acumuladas en nuestra alma. A este respecto el médico psicoanalista y poeta Miguel Oscar Menassa nos pone el ejemplo del joven abandonado por la novia, que sufriendo el dolor de la ruptura – llorando de verdad – se asoma a la ventana y dice el cielo llora sobre la ciudad. No nos cuenta que su amada le había abandonado. “Es cierto que partió de sus lágrimas, y aprovechando el sema común que tienen la caída de gotas de las lágrimas y la caída de gotas de la lluvia produce la metáfora donde, humanizando el cielo, generaliza el problema de su llanto y no dice como un tonto: “estoy llorando porque mi mujer me ha puesto los cuernos”, algo con lo que nos agobia el neurótico hasta acabar haciéndonos pensar: ¡se lo merece! Sin embargo, no; abre la ventana, surge el poeta y jugando con las palabras nos coloca ante el paradigma de la tristeza. Es una metáfora porque humaniza el cielo y cosifica el llanto, esto es, produce una nueva temporalidad, donde el poeta dejándose llevar, va más allá del suceso”, donde, por otra parte – como manifiesta Pavese-, cuanto más se deje atravesar, cuanto más se sorprenda a sí mismo, mejor poema será. 

   El poeta tiene que dejarse llevar. Dejarse atravesar. Es Otro el que escribe. Rimbaud, lo decía: yo es Otro. Es decir, que una creación será más universal cuanto más sorprenda al creador. Entre la poesía y el sueño podemos establecer la semejanza de que ambos necesitan de un sostén para expresarse: de una materia prima. Resultando que el poeta aprovecha la excusa del acontecimiento psíquico para escribir el poema, y que, igualmente, de cualquier cosa (le llamamos resto diurno) se sirve el sueño para llevar a cabo su trabajo de elaboración onírica, o sea, para producir el sueño. También, existen interesantes semejanzas entre la interpretación psicoanalítica y el placer preliminar. En ambas, p.ej., acontecerá una liberación que facilitará un placer mayor. En general, el arte es un camino de retorno de la fantasía a la realidad. De otro texto, “Los dos principios del funcionamiento mental”, escrito en 1911, podemos tomar la idea del arte expuesta a lo largo de toda su extensa obra: “El artista es, originalmente, un hombre que se parta de la realidad, porque no se resigna a aceptar la renuncia a la satisfacción de los instintos por ella exigida en primer término, y deja libre en sus fantasías sus deseos eróticos y ambiciosos. Pero encuentra el camino de retorno desde ese mundo imaginario a la realidad, constituyendo con sus fantasías, merced a dotes especiales, una nueva especie de realidad. Llega a ser así realmente, en cierto modo, el héroe, el rey, el creador o el amante que deseaba ser, sin tener que dar el enorme rodeo que supondría la modificación real del mundo exterior a ello conducente. Pero si lo consigue es tan solo porque los demás hombres entrañan igual satisfacción ante la renuncia impuesta por la realidad y porque esta satisfacción resultante del principio del placer por el principio de la realidad es por sí misma una parte de la realidad”. 

   Entonces, con el concepto de sublimación, es decir con la idea de trabajo -como trabajo de derivación pulsional-, se rompe con ese pensamiento ingenuo a cerca de la inspiración del artista. La inspiración como mito de las musas, que eludía la categoría central de la producción literaria, de la actividad artística... bueno, y, otra vez, del amor: el trabajo. 

   Un hombre sano sería alguien que hace un poco lo del neurótico y lo del psicótico, pero siendo normal. Me explico, al neurótico, por no gustarle la realidad, escapa de ella; el psicótico, sin conocer la realidad, la transforma. Bueno, ese hombre sano sería aquel que dándose cuenta que no le gusta la realidad, pero conociéndola, decide transformarla.

 NOTA: ( Texto correspondiente a parte de la charla-coloquio sobre Poesía y Sublimación. Actualmente publicada en el apartado “La creación y la Fantasía” , incluida en el cap.VII : El sentido de los síntomas, del libro “Hay otra manera de vivir”)
FOTO 1: Presentación del poemario de Juana Mª Más en Calviá, Mallorca; junto a autoridades. Año 2004 
FOTO 2: En la sede del Gabinete en Jaime III, junto al escritor, poeta y licc. en filosofía José Vidal Valicourt; en una charla-coloquio y recital poético sobre “Poesía y el concepto Sublimación”. Año 1999


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com