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NI TANTO NI TAN POCO: padres autoritarios, padres permisivos.

Recordemos que al hablar del Complejo de Edipo, de ese pasaje crucial tanto para la estructuración de nuestro psiquismo como para la orientación del deseo humano, nos referíamos a diferentes momentos. Decíamos, según la lectura que Jaques Lacan hizo de la triangulación freudiana, que hay tres tiempos. En el primero de ellos distinguimos una dupla. Sí, una relación dual a la que podríamos representar como un huevo. La figura ternaria advendrá después, cuando haga su aparición el tercero, o sea, el aguafiestas: el padre. Hasta entonces, desde el punto de vista del infans, existe una situación de indiferenciación entre la madre y el niño. Pues bien, a dicha fusión, a semejante grado de coalescencia, se le denomina “célula narcisistica”, en tanto en cuanto, según la conocida expresión popular, no hay dos sin tres. 

   En los tiempos siguientes del Complejo de Edipo, se aclara cómo el padre entra en juego. Algo esencial para que los procesos identificatorios tengan lugar. El papel, por consiguiente, de la figura paterna, de la función padre, es clave para que toda la “maquinaria edípica” se ponga en marcha. ( Para mayor aclaración les remito a los siete escritos que sobre el tema: “¿Qué es el Complejo de Edipo?”, se publicaron entre abril y julio del 2002 en esta “Guía Médica”). Hoy vamos a describir dos tipos de padres a los que Lacan se refiere en el Seminario 5: “Las Formaciones del Inconsciente”. Dos formas de intervención insuficiente en la dialéctica edípica del deseo. Dos maneras no adecuadas para que el niño salga con éxito de esa posición inicial de súbdito; para que deje de desear ser el deseo de la madre. Acontecimiento importante porque, tal y como expusimos, si esto no se produjera, o no ocurriera de la manera conveniente , su vida adulta iba a verse seriamente condicionada. En definitiva, para que “el polluelo” pueda salir del cascarón, la madre tiene que tener, digámoslo así, cierta consideración por el padre. 

   Éste, por su parte, tiene que hacer, también, su trabajo. Un trabajo, ciertamente, no exento de dificultad. Una labor incómoda, ya que el “arañacito” que provocará su sola presencia molestará tanto al niño como a la madre. Por eso que él debe entrar con suavidad pero, a la vez, con firmeza. Con autoridad, no con autoritarismo. Con delicadeza pero sin flojear. ¡Claro que, para eso, él debe haberse ganado antes el respeto de su mujer!. Si no, diga lo que diga , a ella, ni fú ni fá. Es decir, que la madre, a los ojos de la criatura, es la que sigue llevando los pantalones. Y si sigue sujetando la sartén por el mango, ella es la que continua dictando la Ley.

¿A quién va, pues, con semejante panorama, el indefenso pequeñín, a encomendarse sino al progenitor más “sólido”?.Entonces, un padre demasiado interdictor, no sirve. Y no le vale, porque mucho “macho” no da seguridad; la confianza necesaria para aguantar “el tirón” del relevo. Sin embargo, lo contrario: un padre “enclenque”, por razones muy parecidas, viene a producir el mismo resultado. ¿Qué seguridad se deriva de aquel a quién se considera un calzonazos?.

José García Peñalver
(Publicado en “Diario de Mallorca”. Año 2006)


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Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com