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LOS CELOS

“El viejo tiene la tierra durante el día y , de noche, tiene una mujer que es suya – que hasta ayer fue suya.(...)
El viejo ha advertido que la mujer sonríe únicamente con los ojos cerrados, esperando supina, y comprende de pronto que sobre su joven cuerpo pasa, en sueños, el abrazo de otro recuerdo.” (Césare Pavese )
 

   Echando mano de los diccionarios de psicología podemos encontrar la siguiente definición de la palabra celos: “estado emotivo ambivalente con manifestaciones de odio y de agresión, algunas veces violentas, contra una persona amada porque demuestra afecto por otra, a la que es extendido el sentimiento de odio”. 

   ¿Y es posible no sentir celos?. La respuesta es negativa. Los celos, como el amor o el odio forman parte de los estados afectivos a los que consideramos como normales. ¿Acaso puede el ser humano erradicar la tristeza?. Evidentemente, tampoco. Sencillamente, no es posible arrancar estos afectos de la existencia humana. 
Así como decíamos, hablando de la melancolía, que la tristeza no era ninguna enfermedad en sí misma, esto también es aplicable a los celos; si bien es cierto que, al igual que la tristeza, los celos pueden devenir patológicos, lo cual implica unas condiciones propias de producción. 
El funcionamiento del aparato psíquico es el mismo en todas las personas. De la combinatoria de diferentes factores resultará una estructura que sobredeterminará aperturas o inhibiciones en los procesos de crecimiento. Y estructura no equivale a compartimento estanco, es decir, que al no ser algo inmutable ofrece la posibilidad de transformación. Sí, transformaciones, cambios que no se producen sólo con aliviar o incluso eliminar los síntomas, en el caso que así ocurriese, sino que requieren de un trabajo previo. Necesitan de la elaboración de aquellas variables ( psíquicas ) que intervinieron en el proceso de enfermar, en la denominada, “ecuación etiológica”.

Volvamos a los celos. Los celos, en sí, no solo no son anormales o patológicos sino que, por el contrario, corresponden a la constitución del sujeto.Son tan antiguos como la historia de la humanidad, como el principio de la historia de cada sujeto en particular. Acontecen frente al deseo de la madre, puesto que el ser humano lo que desea del otro es su deseo, su falta. Falta incómoda, aunque necesaria, relacionada, precisamente, con la aparición de “ eso/ese otro”, del tercero. Condición necesaria, por consiguiente, para el proceso de humanización. Celos que se originan en la encrucijada edípica: en el proceso de inscripción social del niño pequeño, y acompañarán al ser humano a lo largo de su vida. Por tal motivo no puede haber sujeto sin celos. Los celos son la antesala del deseo, y sin éste no hay sujeto (1).
Celos que podemos clasificarlos en tres categorías: celos concurrentes o normales, celos proyectados y celos delirantes.

   Los celos, decíamos, al igual que la tristeza, la alegría, el odio o el amor, forman parte del conjunto de los estados afectivos considerados normales. Entendiendo por normales, propios del proceso vital; o sea, aquellos que a lo largo de la existencia del aparto psíquico, al menos circunstancialmente, hallamos en determinadas etapas de su desarrollo evolutivo. ¿Qué ocurre entonces con las personas que afirman no ser celosas?. Este tipo de individuos, de manera semejante a los que manifiestan no experimentar nunca sentimientos “negativos”: rabia, ira, cólera, dolor, nostalgia, aflicción, etc., lo que hacen es reprimirlos. Y al hablar de represión no me estoy refiriendo a una intención, a un acto volitivo de negación - algo que, por otra parte, en ocasiones ocurre – sino a un proceso de repulsa que por ser inconsciente sucede sin que el sujeto se dé cuenta de ello; es decir, no tiene que ver con una decisión, propósito o plan preestablecido puesto que ocurre fuera de su conciencia. En este sentido, cuando dichos estados afectivos parecen faltar en el carácter o en la conducta de un individuo, podemos deducir acertadamente no sólo que han sucumbido a una enérgica represión sino que ésta va a ejercer en su vida anímica inconsciente una destacada influencia. Por lo tanto, insisto, es imposible no sentir celos. 

   El Dr. Sigmund Freud, en un escrito publicado en 1922 y titulado “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad” dividió los celos anormalmente intensos en tres categorías diferentes:
- Celos concurrentes o normales.
- Celos proyectados.
- Celos delirantes. 

   Los celos concurrentes ,también llamados normales, están referidos a los temores más o menos comunes en donde aparece el miedo a perder a la persona objeto de nuestro amor. Situación donde se mezclan, por una parte , la tristeza y el dolor por la pérdida del objeto erótico, y de otra una doble hostilidad: contra el rival preferido y contra nuestra propia persona a la que, de alguna manera, asumidos en una intensa autocrítica, la hacemos responsable. Celos típicos, que a pesar de calificarlos de normales, no son, sin embargo, del todo racionales.
Y no lo son porque teniendo su origen en la infancia, vale decir en el Complejo de Edipo, van a ir acompañados de un acentuado complejo de inseguridad. Complejo de Edipo en donde ,como sabemos, y para plantearlo de una manera sencilla, el varoncito sentía celos del padre cada vez que éste se acercaba a la madre, o, en el caso de la niña pequeña, ésta se ponía celosa cuando la madre se aproximaba al padre. Celos que, por lo tanto, no tienen ciertamente que ver con la circunstancia actual, ya que la situación real, por muy “evidente” que sea, solo es la apariencia de lo acaecido, el reflejo de una manera antigua de conducirnos, la punta del iceberg. Aspecto del suceso, que como el contenido manifiesto del sueño, oculta su latencia, su verdad. Verdad que, en este caso, también, diferencia el relato o suceso desencadenante de sus auténticas causas, enraizadas en la afectividad infantil de donde proceden estos impulsos tan tempraneros.
   En esta clase de celos, por consiguiente, estaría incluida, también, la rivalidad entre hermanos, puesto que los celos entre los miembros de una misma familia son una variante del Complejo de Edipo. Infancia en donde el niño, la niña, tendrán que aprender a vivir sin la exclusividad que exige su amor.

Veamos un ejemplo, para el segundo apartado de la clasificación. Sábado por la tarde. El tipo, al volante, se despide de su mujer con un beso en la mejilla. Ella, sin disimular que está molesta, le ha acompañado hasta el garaje. “No me queda más remedio que ir - suspira él con tierna resignación -. Ya sabes como es mi jefe: para él son reuniones de empresa – explica encojiéndose de hombros. Sólo es una cena de trabajo, cariño; puedes aprovechar e ir al cine con Susana.”
Entre los actos de la inauguración del evento figuraba un desfile de moda femenino. No había imaginado algo así, ni mucho menos que tendría la oportunidad de conversar, animadamente, con una joven diseñadora durante la sobremesa. Una velada, sin duda, que no le dejó indiferente. Ensimismado en un confuso entusiasmo se sobresaltó cuando al llegar a casa, comprobó que su esposa no estaba. Aguardó impaciente mientras, poco a poco, se iba “cargando” de indignación. Apenas apareció ella por la puerta le montó una de esas escena típica de celos: “¿ que horas de llegar son estas, - levantaba la voz enfurecido perdiendo la compostura propia de la que hacía gala -, dónde has estado, con quien,...?.”

   Esta clase de situaciones estarían incluidas dentro de los celos proyectados. Éstos son los más frecuentes y los padecen tanto los hombres como las mujeres. 
Los celos proyectados nacen del deseo de ser infiel a la persona querida. Es decir, parten tanto de las propias infidelidades del sujeto como del impulso a cometerlas. Acción o tendencia que no se tolera y que se proyecta a la otra persona. Y, justamente, por no poder ser soportado por la moral del individuo en cuestión, estos impulsos son reprimidos y relegados a lo inconsciente. 

   “Sabido es – escribirá el Dr. Sigmund Freud, a este respecto, – que la infidelidad, sobre todo la exigida en el matrimonio, lucha siempre con incesantes tentaciones. Precisamente aquellos que niegan experimentar tales tentaciones sienten tan enérgicamente su presión que suelen acudir a un mecanismo inconsciente para aliviarla, y alcanzan tal alivio e incluso una absolución completa por parte de su conciencia moral, proyectando sus propios impulsos a la infidelidad sobre la persona a quien deben guardarla.” 

   En el ejemplo, el tipo “es” un celoso porque necesita montar “numeritos”. Es decir, tiene que “liarle el pollo” a su compañera sentimental cada vez que se sitúa frente a su propio deseo. Deseo que siempre es un deseo de deseos. Deseos que por no ser admitidos en su conciencia son negados y repudiados enérgicamente. Deseos atrapados en la intransigencia de sus miedos. Fantasmas que, en realidad, le alejan de sus propias sensaciones, convirtiéndole en un proscrito de sí mismo, donde la única manera de escapar de la férrea moral que lo agobia es acusando al otro de lo que no puede admitir en su persona. 

   Y finalmente, dentro de este curioso fenómeno, existe, aún, un tercer grado al que denominamos celos delirantes. Si bien, a lo largo de la situación que acompaña a las dos clases de celos anteriores, digamos, hay en juego un mínimo de tres, en el caso de los celos proyectados, por estar más cerca de la envidia, la posición del tercero es cuestionable. En este tipo de celos, mucho menos favorable que en los dos casos anteriores (recordemos: celos concurrentes o normales y celos proyectados) van a aparecer, también, las tendencias infieles reprimidas características de las situaciones anteriores, pero a diferencia de las mismas, aquí, las figuras objeto de las fantasías serán de carácter homosexual. Homosexualidad latente, entendamos bien. Homosexualidad latente y, por consiguiente, en la mayoría de los casos ( dejémonos de las tonterías “modernistas” de corte “liberal” – no lo duden, de capcioso olor ideológigo -), el profundo rechazo para poderla admitir en la conciencia. Lo cual dará lugar a una severa represión tratando de mantener disociados el deseo inconsciente de su representación. Deseo y temor al deseo que por ser ambos tan poderosos van a provocar conflictos muy serios en este tipo de individuos. No en vano, los celos delirantes ya se ubican en el marco de la paranoia; y la paranoia, como sabemos es una psicosis. Grave patología mental, por consiguiente, la del delirio de celos que puede provocar parte de las desgraciadas situaciones de violencia domesticas a que estamos tristemente acostumbrados: malos tratos que acaban palizas de muerte. Donde el “arrebato” de celos, el “la maté porque era mía”, no siempre es un “ataque” de celos pertenecientes al segundo tipo, en tanto en cuanto, habría que aclarar que mecanismo de defensa llevó al sujeto a cometer el delito.

   A pesar de que estos celos se dan tanto en los sujetos masculinos como en los femeninos son, sin embargo, más frecuentes en los hombres que en las mujeres. En unos y en otros nacen a causa de esos impulsos homosexuales inconscientes, constituyéndose en un poderoso mecanismo de defensa tratando de negar esos deseos que el sujeto no puede admitir. Recordemos, a modo de ejemplo, aquel curioso personaje de la película “American Beauty” (2), el homófobo coronel gay.

   Los celos delirantes suelen darse, con frecuencia, combinados con las otras dos clases de celos, y escasamente en estado puro.
Esa tentativa libidinal seguida de la consiguiente férrea defensa, cuando del hombre se trata, puede ser descrita por medio de la siguiente fórmula: No soy yo quien le ama, es ella. Es decir, frente a la inaceptable idea de un deseo homosexual, el sujeto en cuestión lo disfrazará hasta un grado irreconocible de deformación como el de la frase: no soy yo quien desea a ese hombre sino ella. Entonces, siguiendo dicho patrón, a veces, suele ser esta la secuencia de los hechos que se produce en la clínica: ella – la esposa, la compañera sentimental – consulta por lo insostenible de una vida conyugal “marcada” por la contundencia con la que la golpean los celos de su pareja. Jamás me ha pillado “in fraganti”, ¿sabe?; es más, nunca le he dado motivos para sospechar– se lamenta desconsolada -. Él la acusa hasta la saciedad para protegerse del acoso de su deseo. Proyecta sobre ella sus celos para que su tortura psicológica no termine por volverle loco. Y en caso de escoger, a veces, elige para expirar su culpa el castigo social por un delito cometido. Delito nombrable que por conocido siempre acarreará una sanción menos cruel que el inagotable penar por esa grave injuria moral: “¿dónde iría a parar mi hombría si me animase a seguirla en su decir y confesara que a mi también me llama la atención ese trasero respingón de nuestro atractivo vecino? ”. Sí, en las frases no dichas se sustenta el fantasma que determinará nuestra existencia. De hecho, en el no decir de lo dicho como fantasma, se estructura la “verdadera personalidad” del sujeto.

 (1) Ver “Todos queremos más” (secc. Trabajos)
(2) Ver “American Beauty” (secc. Noticias / apdo.Cine )

 ILUSTRACIÓN: "Fría primavera" ( medidas 30x38 ) / Jacques Salomón

 ( Trabajo recopilatorio de los textos "Los celos", que aparecieron publicados en la sección "Guía Médica" del "Diario de Mallorca" durante el año 2000, así como de varias conferencias con el mismo título que tuvieron lugar entre 1999 y 2002 " )

José García Peñalver


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com