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Toda familia esconde un cadáver
Casos de práctica psicoanalítica

No someterse al diagnóstico

Cuando en la tarea de transmisión del psicoanálisis surge la pregunta acerca de las distintas funciones que un psicoanalista debe encarar, subrayo como prioritaria la escucha. Escucha en el sentido de lo que significa lectura, es decir, interpretación.

Desde la demanda del consultante, y a través de su escucha, el analista comienza a interpretar lo inconsciente. Interpretar en el sentido que le da Freud, en Análisis terminable e interminable (20): el analista está siempre interpretando, aunque no verbalice su interpretación. A través del lenguaje del consultante, de su discurso, en sus vacilaciones, en sus interrupciones, en sus lapsus, en su encadenamiento, en su escansión significante, en su sentido y en su sin sentido, la escucha lo va a conducir a sus hipótesis acerca de la estructura clínica, a la elección de la dirección de la cura. Le va a permitir encontrar, en los relatos de su paciente, sus significantes, saber de su goce, de la interpretación de sus síntomas, del conocimiento de sus fantasmas, podrá escuchar lo transferencial, el momento de entrada en análisis, le permitirá efectuar las intervenciones pertinentes y el corte de la sesión en el momento adecuado y, finalmente, le va a permitir escuchar la conclusión de la cura.

La escucha atraviesa el psicoanálisis incluso en sus instancias más preliminares. Cuando un padre o una madre nos llama y nos habla de su angustia que consideran es provocada por su niño o por su niña, porque pega, porque se niega a comer, porque no hace caso, porque se hace pis en la cama, porque es disléxico, rebelde, hiperactivo o por su fracaso escolar. ¿Qué ocurre con nuestra escucha?, ¿es correcto responderle inicialmente que traiga a su niño o a su niña? Cuando esa misma consultante nos habla de su angustia provocada por las conductas hostiles de su hermana, ¿pedimos acaso que la traiga? Cuando dice que es provocada por las conductas alcohólicas de su marido, ¿le pedimos que lo traiga? Cuando nos dice que es porque su jefe y compañeros de trabajo le tienen manía y la atacan, ¿le pedimos que los traiga? No, no lo pedimos porque no procede.

¿Por qué puede ocurrir entonces que un psicoanalista, frente al diagnóstico que un padre, una madre, pretende imponerle, respecto de su hijo/hija se someta al mismo, indicando la comparecencia de éste/ésta a la consulta? ¿Por qué no interpretar a través de la escucha lo inconsciente del que consulta, del que está efectuando la demanda? ¿Por qué quedarse en lo manifiesto? ¿Por qué no darle a esta consulta el mismo valor que a las razones manifiestas anteriormente descritas y reservarnos la libertad de interpretar, diagnosticar y decidir? ¿Por qué someternos al diagnóstico de los padres, del psicólogo escolar, del pediatra o del profesor? Este sometimiento a lo manifiestamente manifiesto ¿no partirá de algún prejuicio que en estos casos particulares altera la escucha?

Hagamos un recorrido a través de algunos ejemplos de consultas:
Un caso: Un padre llama para consultar por su hijo Jorge, de trece años. Siempre ha sido rebelde pero además ahora tiene sospechas de que roba. El niño vive con la madre, de la que él está separado, pero a la consulta quieren concurrir ambos. El chico dice que consulten ellos, que son los que están locos.

A la primera entrevista, cuando entran en la consulta los padres, al ver las sillas, el padre consultante, aún de pie, dirigiéndose al analista, le dice: “¿Qué, le han robado la mesa del despacho?”. El analista piensa en el chiste y su relación con el inconsciente. Piensa que la consulta es por robo, el que el padre dice temer por parte de su hijo. Y a continuación, la broma por el presunto robo al analista. En la segunda entrevista, al dar información de la historia de su hijo, para ubicarse en el tiempo, dice el padre que el episodio que relata ocurrió cuando Jorge tenía 7 u 8 años, porque era la época en la que trabajaba en el Banco. Al preguntarle por ese trabajo dijo que se había tenido que marchar porque no le cuadraban las cuentas. Se abre un silencio que interrumpe para aclarar que lo que había ocurrido es que, asfixiado económicamente por deudas de juego, había recurrido a quedarse con dinero de la caja. La respuesta y la sorpresa del consultante por las derivaciones del caso constituyen los primeros pasos de sus entrevistas. No por los motivos manifiestos aludidos respecto de la preocupación de su hijo, sino por sus conflictos no resueltos, que el analista detectó.

Otro caso: Un padre consulta por su hijo José, de 12 años, porque según él, José roba y va a acabar mal. A la entrevista concurren el padre, Juan José, y la madre, Ángeles. Según ellos, en casa falta permanentemente dinero y el responsable es José, que es un ladrón y va a acabar mal.

En las entrevistas individuales con José, éste negó la validez de las acusaciones de robo, quejándose de la agresividad del grupo familiar. Reconoció coger dinero del bote de la cocina cuando no había nadie en casa y él tenía que salir y hacer algún gasto, como el domingo para ir al cine con los amigos. Cantidades de 100 pesetas. Era consenso familiar que el dinero se dejaba en el bote en previsión de este tipo de emergencias.

En el curso de las entrevistas con Juan José apareció la siguiente historia: desde pequeño, trabajó en la tienda de ultramarinos de su padre, en el pueblo. Simultáneamente fue cursando sus estudios. Se casó, vivían en casa de sus padres. Marcos, su primer hijo, tenía 2 años; él cumplía parte activa en la tienda de su padre cuando éste dice que ha descubierto una diferencia de 500.000 pesetas en las cuentas y que el autor del robo ha sido Juan José. Echado por el padre de la tienda y de su casa, tiene que abandonar el pueblo, abochornado por la acusación. Corría el año 1960. Años más tarde, se descubre que su padre tenía una amante que había sido la receptora de sucesivas ayudas económicas que habían generado el agujero de dinero. Al padre de Juan José, ante el temor de que su mujer descubriera la historia, no se le ocurrió otra idea mejor que acusar a su hijo de ladrón.

En el curso de las entrevistas con Ángeles aparece el siguiente relato. Su padre, carnicero y propietario de tierras en el pueblo, desaparece en el frente de la Guerra Civil, en el que combatía en el bando republicano. Cumplido el periodo legal, su madre inicia juicio de ausencia con presunción de fallecimiento. La justicia lo da por muerto, se distribuyen sus bienes entre los herederos y la madre de Ángeles se vuelve a casar, matrimonio del cual nacen un niño y una niña. A diez años de acabada la contienda, recibe una carta desde Londres de su marido, que había quedado amnésico a raíz del estallido de una bomba y que, a raíz de un nuevo golpe sufrido en accidente de tráfico, recupera la memoria. La madre de Ángeles, ésta y su hermano, responden con frialdad apelando a su condición de desaparecido y muerto jurídico. El muerto reclama el derecho a sus propiedades. Su familia se niega a reconocer su reclamación y él les acusa de ladrones.

El analista continúa con entrevistas individuales con Juan José por un lado y Ángeles por otro, quienes, inconscientemente, habían proyectado en su hijo sus conflictos no resueltos.
Otra consulta. Es solicitada por Mª Carmen. Su hijo Juan Manuel de 15 años se atasca al hablar y sus compañeros se ríen de él. A la entrevista concurren Mª Carmen y su marido Ramón. De la información obtenida en las dos primeras entrevistas con los padres, se desprende que Juan Manuel se atasca al hablar, que es tartamudo. Cuando Juan Manuel tenía 8 años hicieron la primera consulta al médico por este síntoma. El diagnóstico médico fue que al niño no le pasaba nada. Esa primera consulta se produjo inmediatamente después de sufrir el padre un infarto. En las entrevistas, el padre dice: “Cada vez que mi hijo se atasca, me da un latigazo el corazón”. Cuando Juan Manuel tiene 14 años, consultan a un psicólogo, alegando los padres el mismo síntoma. El diagnóstico consideró que el chico no presentaba patología alguna en su habla. Ahora que el chico tiene 15 años, insisten en la consulta. En una entrevista de grupo familiar se constata la normalidad del habla de Juan Manuel. En las entrevistas con los padres, cada vez que se intenta profundizar la investigación, el padre alega que “el chico es el enfermo”. El padre padece del corazón, de gastritis, y está perdiendo vista e ingiere 15 cápsulas diarias de distintos medicamentos. La madre pone dificultades a la indicación de que Juan Manuel venga a la consulta desde Móstoles, aunque diariamente viaja a un colegio de Majadahonda. “El chico se va a llevar un sofocón si tiene que venir hasta aquí. Esto está en el quinto pino”, explica. Se les propone a ellos continuar las entrevistas, a lo que se niegan rotundamente alegando que “el chico es el enfermo”.
Juan Pundik
El niño hiperactivo, déficit de atención y fracaso escolar. Filium. Madrid, 2006.
* Leer anterior artículo del mismo autor en esta edición:
El  fraude  en  la  industria  farmacéutica

Artículo íntregro publicado en la edición número 35 de la revista cultural ENKI. Año 2019


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com