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Sobre las profecías

Profecías, augurios, presagios o predicciones son algunas de las palabras que nos han tenido, en un momento u otro de nuestras vidas, atentos a su potencia, ya sea por el orgulloso razonamiento que espera pacientemente su desmentida, por simple curiosidad y prudente duda acerca de la posibilidad del acierto, hasta por la fe ciega que se puede depositar sobre el futuro revelado, en clave más o menos enigmática, y que traerá en su cumplimiento trascendentes consecuencias.

No podemos evitar ser temporales y movernos en un presente que ahora los filósofos y sociólogos llaman “líquido”, condicionados por nuestro pasado y angustiados por un futuro que Occidente no acaba de liberarse de la condena apocalíptica. Nos darán risa, en la actualidad, las profecías de la Antigüedad que advirtieron del fin de nuestros días, y el científico tachará esos relatos como propios de una mentalidad no racional, infantil y condicionada por el dogmatismo de los líderes religiosos. Sin embargo, no parece haberse cuestionado suficientemente qué anima al hombre de ciencia a buscar indicios que revelen la forma en que nuestro mundo será destruido: el adelgazamiento de la capa de ozono, la acumulación de plásticos en el océano, la deforestación masiva de las grandes selvas... ¿Acaso el método hipotético deductivo no hunde sus raíces y bebe de las mismas fuentes que hacía el clarividente? El centurión romano necesitaba del análisis de los intestinos de un pájaro antes de decidir movilizar a sus tropas. Ahora, los niveles de mercurio en el músculo de los peces quizás determine las políticas europeas en materia de pesca y relaciones económicas y comerciales con los países vecinos.

Freud fue uno de los primeros hombres de ciencia que se aventuró a indagar acerca del poder de influencia de las profecías, del destino y del sentimiento de lo siniestro u ominoso cuando, frente una realidad familiar, surge en nosotros la angustia de lo extraño.

En su obra inaugural, de 1900, La interpretación de los sueños, atacó de forma directa la línea de flotación del monumental barco del siglo de la razón: tomó del principal material del que están descritas en la Historia las más grandes decisiones de la Humanidad, y que el siglo XX parecía haber sepultado bajo el calificativo de superchería, los sueños, para razonar, y elaborar una metodología que evidenció que el Yo (consciente y racional) no es dueño de su casa, así como para demostrar que los deseos inconscientes (infantiles, reprimidos) rigen nuestra vida presente y futura.

Entre otras cosas, pudo desarrollar una terapéutica frente a males terribles como lo que fue descrito como Neurosis de Destino, que explicaba cómo era posible que un individuo no fuera capaz de evitar la repetición de fracasos en su vida cuando sus condiciones de éxito no podían más que pronosticar un futuro prometedor.

El psicoanálisis se toma muy en serio la fantasía del sujeto. No fomenta su represión, su negación o racionalización, sino que trabaja a contrapelo para extraer de la misma una conciencia ampliada de uno mismo, relativa a sus deseos, miedos, condicionantes biográficos traumáticos e, incluso, una estructura particular e individual de arreglárselas con lo Real de nuestra existencia, esto es, la forma en que el Sujeto da significado a su propia realidad, se incluye en ella misma como protagonista y se atribuye un papel concreto en dicha trama.

Desde el lado de la sociología, Robert K. Merton desarrolla, a partir del Teorema de Thomas (1928) que se enuncia como sigue -si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias, el concepto de profecía autocumplida, que viene a explicar la forma en la que la sociedad va construyendo su propio relato acerca de lo que ocurre, de acuerdo con premisas falsas, y no reacciona simplemente a cómo son las situaciones, sino también, y a menudo principalmente, a la manera en que perciben tales situaciones, y al significado que le dan a las mismas. Por tanto, su comportamiento está determinado en parte por su percepción y el significado que atribuyen a las situaciones en las que se encuentran, más que a las mismas. Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado, y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real (1).

En conclusión, desconfíe de las interpretaciones de la realidad y de futuros acontecimientos sociales, pues quizás aglutinan proyecciones malintencionadas, no ya de líderes religiosos, sino de sus sucesores, los líderes de opinión. Por otro lado, esté muy atento a sus propias profecías, y más de aquellas que se vieron cumplidas, pues son el disfraz de deseos más íntimos, antiguos, soñados, y vehículo de un prometedor futuro, si se atreve a analizarlas.
Fuente consultada wikipedia: “Profecía autocumplida”

Javier Alejandro
Kuhalainen Munar
Psiquiatra
Psicoanalista
Responsable del programa de atención a familias del Área de Salud Mental de Tramuntana

Artículo íntregro publicado en la edición número 35 de la revista cultural ENKI.Año 2019


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Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com