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Psicoanálisis, sexualidad y diferencias de género

La literatura nos transmite de forma estética algo especial sobre nuestra verdad más íntima, por eso empiezo a abordar las diferencias entre hombres y mujeres de la mano de Twain, ya que con mucho humor y belleza nos muestra esas desemejanzas.

Estas diferencias para nada deberían tener que ver con la desigualdad social entre unos y otros, algo que aún observamos en las sociedades del siglo XXI. Pues, como suele decirse, las diferencias no son deficiencias y esto es especialmente importante al hablar de hombres y mujeres, por los privilegios que en nuestra evolución social se ha dado a unos y se ha quitado a otros. ¿A qué diferencias nos referimos entonces? Partimos de un hecho obvio: las diferencias sexuales.

Freud revolucionó la noción de sexualidad; en su obra Tres Ensayos para una Teoría sexual, de 1905 amplió su concepto: La sexualidad no se inicia en la pubertad, sino que ya está en nosotros desde que nacemos. Es más, la sexualidad humana es una construcción, ya que no nacemos hombre, mujer, padre ni madre, pues no se trata de una sexualidad instintual. Paternidad, maternidad, ser hombre o ser mujer son construcciones que empiezan a elaborarse en el juego infantil bajo una forma de ideal cultural.

Más adelante, en 1925, Freud explicó en un texto fundamental con Algunas consecuencias psíquicas de las diferencias sexuales anatómicas, qué es en el complejo de Edipo donde el ser humano empieza a entrever las diferencias físicas sexuales, y ahí se separan los caminos de los dos géneros que darán lugar a las diferencias psíquicas y, por tanto, a la construcción de una estructura mental distinta en cada uno. Es un hecho que los nenes empiezan a darse cuenta entre los 2-3 años de las diferencias que hay en el cuerpo del niño y la niña. Es un momento de investigación infantil donde los padres muchas veces se encuentran desorientados porque no saben como hacer para que su hijo o hija no juegue con su “cosita” o con la “cosita de otros”. Esta “ley” o prohibición social que los padres instauran al sancionar ciertas conductas y/o deseos es necesaria en el desarrollo del niño/a, pues se necesitan límites, pactos para generar la sociedad en la que vivimos. Así, durante estos años, el niño/a está empezando a construir su personalidad, donde se incluye la constitución del hombre o la mujer que será. Y todo esto lo hará a través del lenguaje, pues el ser humano entiende la realidad de esa forma y el cuerpo es una parte de la realidad misma. De esta forma, la realidad de las diferencias físicas en la infancia es simbolizada, estructurando el aparato mental, de tal modo que va a hacer que mujeres y hombres tengamos formas distintas de desear y de obtener placer.

¿Y qué pasa con la parte biológica? Órganos y hormonas no nos determinan porque no tenemos instinto. De hecho, embriológicamente, órganos y genitales proceden de las mismas estructuras embrionarias.

Durante el desarrollo embrionario hay dos etapas que dan lugar a las diferencias sexuales físicas: Una tiene que ver con la diferenciación de los ovarios o testículos desde un órgano primitivo, proceso regulado por los cromosomas XX en el caso de las mujeres, y XY en el caso de los hombres; en la otra etapa tienen lugar el desarrollo de los genitales externos e internos de hombre y mujer, a partir de un genital común indiferenciado. Esta segunda etapa depende básicamente de hormonas: en presencia del par cromosómico XY, el gen SRY gracias a la testosterona y otras hormonas hace que los testículos se desarrollen. En el caso de no haya cromosomas XY, sino XX propio de la mujer, al no actuar la testosterona se desarrolla el genital femenino. Pero no solo tenemos órganos y genitales que parten de uno solo, sino que además en concreto el pene y el clítoris son estructuras prácticamente iguales cambiando solo su conformación espacial, pero tienen el mismo origen, están compuestas por el mismo tejido eréctil y se excitan y estimulan de la misma manera. Es más, del clítoris solo vemos la parte llamada glande, que corresponde al glande del pene, pero puede haber hasta 10 centímetros de clítoris que no vemos y que están formados por cuerpos cavernosos como en el pene.

En definitiva, órganos y hormonas nos construyen físicamente desde un mismo origen embriológico que nos hace más parecidos genitalmente de lo que pensamos, pero no construyen y guían nuestra mente, porque no tenemos instinto; influyen sí, pero no nos determinan. En lugar de instinto tenemos pulsión. La pulsión, a diferencia del instinto, es otra forma de “energía” que moviliza al ser humano, pero no programa su sexualidad. Además, su meta es la obtención de placer, no solo la reproductiva (que incluso a veces evita), y su objeto puede ser otro distinto al sexo contrario como personas del mismo sexo, o también objetos inertes tales como fetiches. Por último, sabemos que en el instinto, la zona de excitación es la genital, y es verdad que en el ser humano es predominante, pero también es cierto que el cuerpo entero del ser humano funciona como zonas erógenas: la boca, la piel, la mirada, los lóbulos de las orejas…

En otra edición de la revista, nuestro director José García Peñalver, escribió el articulo titulado: La relación sexual no existe. Él menciona una manera especial de obtener placer que en psicoanálisis se llama goce fálico. Hombres y mujeres poseen ese goce fálico, pero la mujer además posee lo que se llama un plus de goce, o goce Otro. Este tipo de goce en la mujer es un enigma y objeto de investigación.

Quisiera aclarar que cuando hablamos de falo no nos referimos al órgano, sino que se trata de una especie de representación mental de algo que falta en el ser humano y que va a inaugurar el deseo en él. El falo representa esa falta y “estar en falta” hace que nos movamos por deseos, no por instintos, cosa que nos permite generar literatura (como la mano de Twain que nos acompaña en este artículo), ciencia y arte, es decir, lo que denominamos con el concepto de sublimación. Hombres y mujeres se posicionan distinto ante esta falta, deseando por tanto de diferente manera. De hecho, la complementariedad de los sexos, es decir, la media naranja que nos muestra el cine romántico y la literatura, donde hay un amor incondicional idílico, es una forma de posicionarse, de desear ante esa carencia, basada en una no aceptación de la misma, que además es diferente en la mujer y el hombre.

En conclusión, el ser humano es un ser en falta, sin guion, que debe elegir qué quiere dentro del ilimitado abanico de posibilidades que posee, sabiendo, eso sí, que por ser seres sexuados nuestra existencia es finita, o sea, que nos vamos a morir. Para terminar, mujeres y hombres no son iguales, porque esa falta de instinto, unida a nuestra sexualidad moderna, ampliada, nos hace gozar y desear de distinta forma.

Quiero finalizar rescatando el final de la obra literaria con la que empecé, donde Adán dice: “Es mejor vivir fuera del Jardín con ella, que dentro de él sin ella”. La relación entre Adán y Eva, hombre y mujer, es posible gracias al amor, porque el amor sano es un amor con condiciones, que acepta las diferencias, al aceptar al otro, mujer u hombre, masculino o femenino, como diferente y enriquecedor.

Silvia Álvarez
Enfermera
Estudiante de Psicología
Candidata a Psicoanalista en formación

Artículo íntregro publicado en la edición número 35 de la revista cultural ENKI.Año 2019


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