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La frigidez

La frigidez es un trastorno sexual que concierne a la mujer y que puede padecerla algunas mujeres. La sexualidad es un campo fundamental en nuestra vida, por tanto, cuando surge una disfunción suele ocasionar malestar a aquellas personas que la sufren.

La frigidez consiste en la ausencia de placer en la relación sexual, no solo en la estimulación de las zonas erógenas, sino también durante el coito, pudiendo impedir el orgasmo; incluso llega a calificarse de “insensibilidad”. A las mujeres les cuesta confesar la frigidez y son pocas las que acuden a la consulta habitualmente porque pueden disimular el síntoma, a diferencia del hombre que, cuando sufre un trastorno sexual es más evidente, como por ejemplo ocurre en la eyaculación precoz o en la impotencia.

Desde el psicoanálisis se ha estudiado el desarrollo sexual humano tanto del hombre como de la mujer descubriendo que la sexualidad se inicia en la infancia. Nuestras primeras satisfacciones sexuales se producen a lo largo de diferentes etapas en las que en cada una predomina una zona erógena: la boca (etapa oral), el ano (etapa sádico-anal), el falo (etapa fálica), seguida del período de latencia hasta llegar a la etapa genital que coincide con la pubertad, donde serán los órganos genitales, el pene y el clítoris, los que concentren mayoritariamente las sensaciones placenteras. Aunque el niño y la niña parecen compartir las primeras fases del desarrollo libidinal, la evolución de la niña hasta convertirse en mujer incluye dos tareas adicionales que no tienen correlato alguno en el desarrollo del varón. Por un lado, la mujer ha de cambiar de zona erógena, del clítoris a la vagina; en cambio, en el hombre sigue siendo el pene su zona erógena directriz. Y, por otro lado, la niña ha de cambiar el sexo del objeto de amor: de la madre ha de virar al padre, ya que la madre es el primer objeto de amor para ambos. Por tanto, la evolución para llegar a ser mujer diríamos que por estos dos virajes es más “compleja” que la del hombre, que no quiere decir más complicada.

Foto: Juan Vidal Pintor

Por otro lado, en la conferencia La Feminidad, Sigmund Freud establece que en el desarrollo libidinal pueden ocurrir fijaciones a modos de satisfacción infantiles que darán lugar a trastornos en la sexualidad adulta. Por ejemplo, uno de los caminos de la sexualidad en la niña podría ser el de rechazar el placer. En este caso, la niña podría apartarse de la satisfacción clitoriana por un sentimiento de inferioridad ante la visión del órgano genital del varón y compararlo con el suyo propio, mucho más pequeño. De esta manera, la mujer adulta renunciaría a la satisfacción que le procuraría la sexualidad, no solo la satisfacción genital, sino también el disfrute en otros ámbitos de la vida ya que esta renuncia es una posición ante el goce.

Llama la atención que la mujer se posicione en una situación de insatisfacción de manera cómoda, o sea, en una situación en la que no goza de conocer esa sexualidad, que no goza de conocer el orgasmo. Mientras que en el hombre la impotencia habitualmente suele ser mal tolerada. Pero la cuestión es que hay un goce también en la frigidez. Es decir, la frigidez tiene que ver con la estructura histérica donde hay una satisfacción en la insatisfacción y también hay un rechazo de la sexualidad. Aunque las histéricas -igual que los hombres histéricos- sean mujeres muy seductoras que llevan a cabo todo el camino de la seducción, cuando llegan a la cama se preguntan ¿cómo he llegado aquí?, mostrando ese repudio a lo sexual. Esto tendría que ver con una dificultad de la mujer para reconocer su deseo porque a la mujer le resulta más fácil situarse como objeto de deseo que como sujeto deseante.

Entonces el psicoanálisis, ¿cómo aborda la frigidez? El psicoanálisis no se ocupa tanto del síntoma sino de la posición que sustenta ese síntoma, es decir, se ocupa de los motivos inconscientes que lo mantienen. En cambio, los remedios caseros para vencerla, como por ejemplo “buscarse un buen amante”, la consideran de una manera frívola; la frigidez tiene que ver con la salud psíquica y con el bienestar de la mujer y de la pareja. También hay que pensar que una persona que no goza en la relación sexual tendrá dificultades con el goce en general, es decir, con todas sus actividades, con la vida. Porque la vida sexual en su amplitud es un campo de desarrollo y de goce al que no hay que renunciar y cuando renunciamos a ello enfermamos y vivimos una vida pobremente.

Amparo Vidal Sánchez
Psicóloga
Psicoanalista en formación
Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales

Artículo íntregro publicado en la edición número 35 de la revista cultural ENKI.Año 2019


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Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com