iniciopsicoanalisisarticulosenseñanzadepartamentosnoticiascontacto datos personales

Clinica Psicoanalitica

Arte, Cine
y Psicoanalisis

Literatura y Psicoanalisis

Economia y Psicoanalisis

Otros

¡Y NACE EL YO!
LA FASE DEL ESPEJO (2ª parte)

¿A QUÉ VIENE ESE ALBOROZO?
Decíamos que el estadio del espejo es una fase crucial en el desarrollo del ser humano, en tanto en cuanto de ella emergerá el yo como instancia psíquica. El estadio del espejo, en consecuencia, es formador de la función del yo. Un fenómeno empírico y, por consiguiente, fácilmente observable, que acontece entre los seis y dieciocho primeros meses de vida, mediante el cual, el infante percibe su imagen en el espejo como una imagen corporal completa. Algo que le produce enorme satisfacción.

¿Y está justificado ese júbilo? Por supuesto que sí. Esa imagen externa que le devuelve espejo, su alter ego, le proporciona completud. Dotándole de una gestalt, de la unidad y totalidad que carece. De ahí que la reciba con entusiasmo. Lo que contrasta abiertamente con la sensación interna de “desfragmentación”, debido a la prematuridad biológica con la que nace. Así que, ¡su satisfacción lo dice todo!

EL ANIMAL ENFERMO
Quede claro pues, que no nacemos con un Yo. Que tampoco somos Yo. Que yo no soy YO, en el sentido de que el yo no es el sujeto. Que una cosa es la personalidad, el puñado de identificaciones tras el que nos enmascaramos, y otra cosa es la esencia del ser, su subjetividad. Pero eso lo desarrollaremos en otra ocasión. Ahora estamos con el cachorrito humano y su extrema fragilidad. Centrémonos en eso.

Mientas las crías del tiburón nada más nacer comienzan a nadar y alejarse de sus madres, his majesty the baby homo sapiens necesitará unos añitos largos para aprender algo de autonomía y, a menudo, varias décadas para dejar en paz a las madres y emprender su propio vuelo (excepto en países como España, donde la tendencia es a que los vástagos se acerquen a los cuarenta sin abandonar el domicilio parental en connivencia con las mamás).

Estamos cansados de ver esta superioridad del instinto animal en los documentales del National Geographic. Donde gran variedad de los cachorros son unas versiones en miniaturas de sus progenitores, y cuando son expulsados a la vida por el procedimiento que sea: reproducción ovípara, vivípara…, un buen número ya nacen completamente independientes, apañándoselas con sus propios medios para buscarse la vida. Nada más alejado de la realidad en lo que se refiere al animal de la palabra: el ser humano. ¡Por dios, qué torpe! No podemos ser más inútiles, en este sentido. Estamos a medio hacer, inacabados. Nacemos sin una autorregulación de la temperatura debido a que el hipotálamo todavía no funciona adecuadamente; lo mismo ocurre con la respiración, que tardará meses en ajustarse; la visión necesitará semanas para acomodarse; la mielinización de algunas células nerviosas no está concluida; hasta el año, aproximadamente, no somos capaces ni de caminar… En fin, ¡un desastre de criatura! Apenas tiene un dominio parcial de sus funciones motoras, por lo que está lejos, muy lejos, de depender de sí mismo para protegerse y sobrevivir como otras especies inferiores.
Veamos cómo lo expresa Lacan: “Un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación y que, para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma ortopédica de su totalidad”.

EL YO FALSEADOR
Frente a lo angustiante de algunos procesos vitales, donde el Yo parece perder su “integridad”, se revive esa sensación de desintegración propia del cuerpo fragmentado, de su incompletud original. De ahí que, en ocasiones, determinados cambios -de domicilio, de estado civil, de estatus socioeconómico…-, debido a que ponen en marcha complejos mecanismos simbólicos, puedan activar en determinadas personas la fantasía de desfragmentación, llegando a “pinchar” por no estar a la altura de lo esperado como adultos. Algo que queda particularmente ilustrado en la paranoia, con esa especie de descomposición interna.

El Yo, una vez constituido como tal, es una instancia inauténtica, cuya función es la de suturar esa perturbadora desunión inicial. El Yo es el caballero de la armadura… pero rígida. Bien armadito él. Nada de óxido y menos fisuras. Lo cual le permitirá asumir una identidad. Identidad enajenante tras la que se acoraza marcando la estructura psíquica del sujeto. Dotando al ser de una autonomía que en realidad no tiene. Carácter falseador del Yo que ya Sigmund Freud había visto en el fenómeno conocido como alucinación negativa, que consistía en los rodeos y “mentirijillas” con los que reaccionaba una persona hipnotizada frente a determinadas preguntas comprometidas del hipnotizador. Donde esas respuestas falsas cumplían la función de encubrir la verdadera situación, dejando entrever el papel de ficción de esta instancia yóica.

Lacan plantea un ejemplo relativamente sencillo para demostrar que esta experiencia denominada fase del espejo será la matriz de las identificaciones posteriores, cuyo tiempo es el recorrido por parte del sujeto de la insuficiencia a la anticipación. Dice que si cogemos un espejo cóncavo (cuya característica es que da imágenes reales que caen en el mismo campo donde se encuentra el objeto que las produce, a diferencia de las imágenes virtuales) y lo colocamos delante un florero vacío y debajo un ramo de flores y luego ponemos todo el conjunto frente a un espejo plano, lo que veremos será, reflejada en un espacio virtual, una imagen donde las flores estarán dentro del florero. Pues bien, Lacan luego añade: si metido en semejante experiencia hubiese un tramoyista, éste no vería la totalidad de dicha experiencia. El que hace la magia, a diferencia del espectador que está sentado fuera del escenario, fuera del “montaje”, no ve las flores metidas dentro del espejo; él lo que ve son las flores en un lugar y el florero en otro. Pero si al que está metido en la faena, en la experiencia de vivir, también le colocamos un espejo plano, sí vería esa totalidad.

LO IMAGINARIO
En resumen: para el dominio de sus funciones más biológicas, a causa su inoperancia e incompletud, como hemos visto, pero también y, sobre todo, para el ingreso en el mundo humano, el yo se constituirá mediante una identificación alienante. Lacan llamará “lo imaginario” al registro en el que tiene lugar esta identificación. Cuyo peaje será el de estar atrapado en una imagen que es ajena a mí. Porque en esta fase, el niño cree que la imagen lo produce a él. Constitución imaginaria que llevará implícita una tensión agresiva. Es la constitución del Yo por identificación con su propia imagen, lo que estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo. “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo”. (Lacan).

La agresividad es constitutiva y constituyente. Una característica de la formación del yo. Otra cosa es la violencia.


S1- S2.
Si bien la constitución del yo surge en el encuentro con el otro, y por tanto pasa primero por alienarse al otro. Éste es solo el primero de los dos pasos para la conquista de la subjetividad. Sin el primer movimiento (S1): alinenación al otro, no hay emergencia psíquica yóica, ni por tanto rasgo humano. El problema es quedarse “enganchado”, atrapado a esa alienación. Es decir, ser sujetados en vez de sujetos. Súbditos del habla de otro, cayendo en la (cómoda) trampa de abandonarnos a “ser” el deseo del otro; o sea, a no ser. Porque para ser, para ser sujetos de nuestro propio deseo, hay que completar la operación: pasar de S1 a S2. donde S es el bendito movimiento mediante el cual nos separamos de aquello que, dándonos forma, nos quita esencia. Impidiéndonos alcanzar nuestro destino verdaderamente humano: hacernos cargo de nuestro propio deseo. De manera, que para ser adultos tengamos que separarnos de a lo que nos tuvimos que unir para constituirnos.

Así que, después de la formación del Yo, para ser personas sanas y libres (¡atención mamás y papás!) tenemos que volar del nido. Técnicamente, a esta operación del cortecito del cordón umbilical psicoafectivo se la denomina elaboración del Complejo de Edipo. Lo que ocurre es que superar el Complejo de Edipo también es un S.1. De nuevo, uno de dos pasos hacia la conquista de la subjetividad. Porque una vez desinvestidos de las identificaciones parentales y superyóicas, después tenemos que desprendernos de la ideología, otro S1 Sí de la todopoderosa y manipuladora ideología, mayoritariamente, inconsciente. De lo contrario, seguiremos siendo hablados por boca del gran Otro. De manera que la conquista de la sujetividad se completa con el S2: la separación. La subjetividad hay que “ganársela”; comienza por la inevitable alienación (S1) y finaliza, llegado el caso, con la separación (S2) de aquello a lo que nos alienamos para comenzar nuestra singladura humana.

Quedando la ecuación del ser de esta manera: Fase del espejo + Elaboración del Complejo de Edipo + superación de la Ideología = Sujeto psíquico.

José García Peñalver
Psicólogo Clínico. Psicoanalista
Dir. Gabinete Psicoanalítico Palma
Tel. consulta: (34) 871 948 901
www.psicoanalisipalma.com

Artículo íntregro publicado en la edición número 36 de la revista cultural ENKI. Año 2019


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com