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LOS ACTOS FALLIDOS
Psicopatología de la vida cotidiana

Los doctores Laplanche y Pontalis, en su prestigioso Diccionario de Psicoanálisis, definen los actos fallidos como “el acto en el cual no se obtiene el resultado explícitamente perseguido, sino que se encuentra reemplazado por otro”. En este sentido, y como se encargó de demostrar Freud en 1901 en Psicopatología de la vida cotidiana, es decir, justo después de la publicación de La interpretación de los sueños, los actos fallidos, al igual que los sueños, son formaciones de compromiso. Formaciones de compromiso o transaccionales, entre la intención consciente del sujeto y lo reprimido. Solución de compromiso que, como su propio nombre indica, sirven para satisfacer en la misma producción del fallido un pacto o compromiso donde se tengan en cuenta a la vez las exigencias defensivas y el deseo inconsciente. Dicho de otra manera, al aparente “desatino” de la producción del fallido, por tratarse de otro proceso psíquico complejo y completo, como los sueños, atribuimos un sentido. Un sentido que hay que “descifrar” teniendo en cuenta que dicha operación lleva implícita una intención; una intención que en realidad es el resultado de la oposición de dos intenciones diferentes.

Actos fallidos, entonces, como la manera que adopta lo reprimido para ser admitido en la conciencia. Como una nueva forma donde lo reprimido puede aflorar a nuestra instancia consciente; donde las representaciones reprimidas, deformadas por la defensa hasta resultar irreconciliables, pueden “manifestarse”. Por eso, junto a los sueños, los síntomas y el chiste, incluimos también a los actos fallidos como formaciones del inconsciente; o sea, como una de las posibilidades que tiene el sujeto psíquico para dejar pasar a la conciencia contenidos inconscientes, expresando con nitidez la existencia de un doble funcionar en la vida psíquica. Como diría el Rof Carballo -uno de los primeros médicos españoles formados como psicoanalista– en una Introducción de las Obras Completas de Sigmund Freud, “sobre un tema en apariencia trivial, los errores y las faltas de la lengua hablada, Freud ahondará en los mecanismos inconscientes de la vida de todos los días y, con su habitual sencillez, exenta de dogmatismo, entra en el misterio del lenguaje”. No en vano, años más tarde, Jaques Lacan, planteará el conocido axioma de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

Antes de que Freud agrupase minuciosamente en este trabajo tales fenómenos marginales del acontecer diario de las personas consideradas sanas, no existía un concepto que unitariamente diera cuenta de los mismos. Fue así como los ingleses acuñaron el término “parapraxis”. Término que no utilizan los traductores españoles y franceses, puesto que lo hacen directamente de la palabra alemana fehlleistung. No obstante, hay que tener la precaución de no tomar la parte por el todo, ya que no solo comprende acciones fallidas propiamente dichas sino que abarca toda clase fenómenos amplios como pueden ser ciertos errores, olvidos, pérdidas y lapsus de diversa índole. Lo cual supone que, además de una intención consciente, toda palabra dice más o menos de lo que quiere decir, por lo que “puede no dar en el blanco”, según la expresión de Freud.

Teniendo muy presente que, como enuncia el gran filósofo del psicoanálisis Pierre Kaufman, “nunca se debe descifrar el acto fallido en su forma sino en el intento al que sirve”, debiéndose analizar con mucha fineza esa interferencia de dos intenciones. Por ejemplo, romper un objeto: hacer añicos aquel apreciado jarrón que le regaló la queridísima suegra el día de la boda, puede significar que, para la nuera, ya carece de valor (en el caso de que alguna vez lo hubiese tenido) o que en el momento actual las relaciones no son muy buenas (suponiendo que alguna vez lo hubiesen sido). Lo cual puede entenderse, bien como una pérdida “voluntaria” o como un sacrificio “voluntario”.

En conclusión, el acto fallido también cumple una función defensiva con relación a ciertas representaciones que amenazan con perturbar el equilibrio psíquico del sujeto. Igual que sucedía con el fenómeno del sueño, las funciones fallidas tenían con él en común tanto la cotidianeidad de sus manifestaciones como la falta de interés por la supuesta poca relevancia a ojos de la ciencia. Algo por lo que pasará igualmente inadvertido. Pero al proceder así, “¿no confundiréis en vuestra crítica –escribirá Freud – la importancia de los problemas con la apariencia exterior de los signos en que se manifiestan?”.

En el proceso de todo acto fallido podemos distinguir la siguiente secuencia: conflicto, represión y sustitución transaccional. En donde se comprueba como a la vez se complacen el temor y el deseo. Deseo como deseo inconsciente estructurado como un lenguaje: condensación, desplazamiento, metáfora, metonimia. Motivo por el cual podrá ser descifrado como un mensaje.

En el apartado primero de Psicopatología de la vida cotidiana, Freud comienza haciendo mención a un texto escrito por él unos años atrás, en 1898, y titulado Sobre el mecanismo psíquico del olvido, como punto de partida de lo que serán estas investigaciones. “Examinaba en dicho ensayo -nos dice-, sometido al análisis psicológico, un ejemplo observado directamente por mí mismo, el frecuente caso de olvido temporal de un nombre propio, llegando a la conclusión de que estos casos de falta de función psíquica -de la memoria- nada gratos ni importantes en la práctica, admitían una explicación que iba más allá de la usual valoración atribuida a tales fenómenos”.

Las razones que la psicología daría para fundamentar este hecho no contemplan, en ningún caso, la determinación del mismo. Y no es que haya que despreciar las condiciones de cansancio, la fatiga, la distracción, indisposición, e inclusive la excitación y otros fenómenos de índole física y psicológica. Todos ellos pueden llegar a facilitar estos errores, sin embargo, no tienen en cuenta la causa fundamental del mismo, el trabajo que ha supuesto la construcción del fallido.

Es decir, que dichos factores psicofisiológicos pueden llegar a convertirse, como suele pensarse, en condiciones necesarias pero, de ningún modo, suficientes. Debido a que la causa, lleguemos o no a conocerla, subyace en nuestras asociaciones internas. Asociaciones que vendrán siempre mediatizadas, en mayor o menor grado, por nuestros conflictos y fantasmas inconscientes. Es en este sentido que hablamos de conflicto psíquico o sobredeterminación.

“El inconsciente se estructura como un lenguaje e interviene activamente en la vida consciente del sujeto. El inconsciente es dinámico: un lapsus es el síntoma de que el inconsciente trabaja, de que no cesa de no escribirse” (Aun. El seminario 20 / Jacques Lacan)
Continuará...


José García Peñalver
Psicoanalista

Artículo íntregro publicado en la edición número 36 de la revista cultural ENK. Año 2019


José García Peñalver (34) 871 948 901 © 2008            
Psicólogo Clínico – Psicoanalista josegarcia@psicoanalisispalma.com